Woody Allen; el talento por castigo. (1ª parte)

hace 6 años en La silla del director por

Este artículo trata mi relación personal con Woody Allen desde que tengo uso de razón. No, no le conozco personalmente, y sin embargo, a lo largo de muchos momentos de mi vida y a través de su cine, me he sentido muy cerca de sus personajes. Hablando así cualquiera podría pensar que soy un gran admirador de su obra; por supuesto que lo soy, pero no desde hace tanto tiempo en realidad. Todo empezó cuando contaba casi veinte años; hasta entonces, Woody Allen era un tipo con pinta curiosa del cual ni siquiera me había parado a pensar qué me parecía. Claro que sabía quién era, aunque como siempre que se desconoce algo o a alguien, la opinión que tenía de su figura era una caricatura que se basaba en vagas ideas de los tópicos que se suelen decir sobre él.

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“No quiero alcanzar la inmortalidad mediante mi trabajo, sino simplemente no muriendo.”

Para los que no lo sepan, Allen acostumbra a estrenar una película (casi) al año desde hace más de cuarenta años; este hecho ya sería único dentro de la historia del cine, pero además el bueno de Woody escribe y casi siempre protagoniza sus películas. Es decir, su obra es bastante extensa, así que para abordarla he decidido emular a John Cusack en ‘High Fidelity’ (esa película que nos marcó a tantos cuando más rapaces); hablaré del cine de Woody Allen de manera autobiográfica para poder abordar sus decenas de largometrajes sin envejecer desmesuradamente en el intento.

Así fue como un buen día fui al cine casi por azar a ver la película ‘Match Point’; por entonces y aunque mi relación con Allen comenzaba a partir de ese momento, si que había visto algo de cine más allá del “Megahit” de Telemadrid (programa de cine para los foráneos), pero vamos…ningún erudito cinematográfico. ¿Qué ocurrió? Pues lo que tenía que ocurrir. Al salir del cine tuve la sensación de acabar de ver la obra de un gran artista. Eso sí, no nos engañemos; para los que estén en el punto donde estaba yo entonces, sed conscientes de que la genial película protagonizada por Scarlett Johansson y Jonathan Rhys Meyers, dista mucho de la “típica película alleniesca”. En aquel instante pensé: “¡conchas! Qué lejos está Woody Allen de lo que pensaba que era” (a lo mejor no pensé en la palabra “conchas”). Codicia, ambición, suspense y absoluta genialidad se dan la mano en la obra de un director que por aquel 2005 no tenía nada que demostrar a nadie. Por todo ello, lo tuve claro enseguida: tenía que indagar en su filmografía. El azar, tan importante en ‘Match Point’, me había dado una motivación cinematográfica como nunca he vuelto a tener.

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“La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte, asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control.” (Match Point)

¿Qué hice entonces? Pues comenzar a buscar cuáles eran las películas más destacadas del cineasta neoyorquino. En 2005 las redes sociales aún no habían despegado y el Messenger estaba en su punto álgido. Mi sorpresa fue ver que el señor Allen contaba con decenas de películas desde la década de los setenta a nuestros días. Títulos como ‘La Rosa Púrpura del Cairo’, ‘Misterioso Asesinato en Manhattan’ y alguno más me eran familiares, pero ni idea de qué trataban éstas y el resto de sus películas.

Opte por la opción fácil: premios, valoraciones… Y así fue como la segunda película que vi, fue la maravillosa y probablemente una de sus dos o tres mejores obras, ‘Annie Hall’. Yo era un chavalín, y aunque el personaje de Allen en la cinta ronda los cuarenta, me sentí tremendamente identificado por el protagonista interpretado por él mismo; Alvy Singer, un tipo neurótico que marcará la identidad de sus personajes para los restos;  éste tiene una relación con Annie maravillosamente interpretada por Diane Keaton, quien por entonces, además, mantenía una relación personal con Allen. Éste escribió el papel pensando en ella, incluso el apellido “Hall” procede de su familia.

¿Qué me atrapó de esta película? Muy sencillo, de pronto no es que se abriera una ventana para mí, sino que un pelirrojo con gafas acababa de derruir mi casa para mostrarme un amplio horizonte cinematográfico. Ver una película de los setenta y descubrir que es más original que todo lo que has visto hasta ese momento es algo alucinante. Recuerdo perfectamente como la dulce comedia me atrapaba con su original guión (que años después me hizo descubrir la pasión de Allen por Federico Fellini entre otros), su naturalidad a la hora de hablar de una pareja y todo lo que gira en torno a ésta. Entonces tenía pareja, que lo fue durante varios años, y de algún modo esta película tuvo un vínculo directo con aquella relación. Simplemente imprescindible.

Es decir, llevaba dos de dos. Y no es que me hubieran gustado, sino que ambas me habían fascinado, desde aquí ya no había vuelta atrás. Me hice con bastantes de sus películas y empecé a picotear poco a poco. En un primer momento pensé en ver ‘Manhattan’, pero me había gustado tanto ‘Annie Hall’ que tuve miedo de que no llegara a la altura. Así fue como fui alternando películas al azar con sus primeras obras.

El primer cine de Allen no pretendía nada más que ser un carrusel de humor, una montaña rusa de chistes y comedia alocada. Woody Allen llevaba en el mundo del espectáculo varios años como cómico antes de meterse en el cine, lo cual sucedió casi de casualidad. Todo esto lo he ido aprendiendo como absoluto admirador de su extensa obra durante los últimos años, pero cuando vi por primera vez ‘Toma el Dinero y Corre’, confieso que me pilló algo desprevenido. Después de ver dos obras de importante calado, me topé con esta comedia absurda que no acabó de engancharme. La he visto dos o tres veces más desde aquella primera vez y sin ser una de sus grandes obras tiene gags memorables y un estilo inconfundible que explotaría en películas como ‘Zelig’, siguiendo el género de falso documental.

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Virgil Starkwell posando en comisaría.

De esta primera época disfruté mucho con ‘Bananas’ (atención al cameo de un entonces desconocido Sylvester Stallone), parodia inspirada en la revolución castrista; la genial ‘El Dormilón’, de lo mejorcito de los primeros años; una película futurista que supuso la primera colaboración Keaton-Allen bajo la dirección de éste último. A nivel de dirección, Allen todavía estaba aprendiendo los gajes del oficio; si nos referimos a sus guiones, encontramos su infinito talento para crear personajes y situaciones hilarantes con una facilidad y talento envidiable.

Como suelo decir cuando tengo que defender a Woody Allen en la típica discusión sobre sus películas, “Allen en esta primera época hacia humor tonto, que no para tontos”. Estoy seguro de que esto lo escuché en algún sitio aunque no sabría decir dónde, no obstante, no podría definir mejor su cine primerizo.

En aquella época comencé a devorar cine de todas las épocas y de la mano de Allen, fui descubriendo algunos directores que sonaban como influencia directa en su cine. Nombres como los del ya citado Fellini o Ingmar Bergman, se repetían constantemente al leer sobre sus películas. Woody Allen se convirtió para mí en una especie de guía cinematográfico. A la vez que indagaba en el cine de los cuarenta o los cincuenta, Allen me seguía sorprendiendo con cada una de sus obras que caía en mis manos.

La influencia directa de Bergman pasó desapercibida en la que para mí es la cota más alta de su primer cine de comedia, ‘La Última Noche de Boris Grushenko’. Aquí un Allen experimentado nos lleva a la Rusia del siglo XIX  para demolernos con muchos de los mejores momentos de la comedia de los años setenta. La Muerte como personaje en clave de humor pasaría a ser seña de identidad en algunos momentos más de su filmografía como en la divertida ‘Scoop’. Claro, a partir de ‘Match Point’ cada año tengo una cita con Woody Allen en el cine, como estoy seguro que muchos la tienen desde mucho tiempo atrás. Ir al cine a ver una película suya, aún hoy en día que ya está de vuelta de todo, te asegura pasar del orden de hora y media de cine cuanto menos divertido y diferente, de eso no me cabe duda y así ha sido durante estos años.

Voy a aprovechar la manga ancha que me han dado desde la dirección de cineYEAR, para no tener que comprimir hasta el absurdo este artículo sobre la obra de Allen; ésta, aún me escondía muchas de sus mejores películas que a la postre me fascinarían (y lo siguen haciendo). Desde luego que hay mucho de romanticismo en mis palabras, equiparo descubrir a Allen con lo que supuso para mí descubrir a Los Beatles en la música. Saber que tienes un tesoro ante ti que guarda multitud de sorpresas, es algo que sucede con determinadas cosas en la vida cuando se trata de cine, música o el arte en general. Quien más quien menos supongo que sabrá de lo que hablo y espero que estén deseosos de seguir navegando por la filmografía de este genial cineasta que tantos admiramos y cuyo nombre es Woody Allen.

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