Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas – De perlas y tortolitos

hace 3 meses en Críticas, El despacho del Master por

Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas es la adaptación al cine de las novelas gráficas Valerian y Laureline del artista francés Pierre Christin, consideradas una de las fuentes de inspiración que cierto cineasta californiano utilizó para dar vida a la space opera más prolífica de la galaxia.

Semejante festival de imaginación espacial, colorida mezcolanza formal y atrevida exploración de las infinitas posibilidades del universo para moldear con ellas múltiples tramas y contextos no podía ser dirigida más que por Luc Besson (El Quinto Elemento), controvertido, francés y acólito de la ciencia ficción.

Lástima que tras el genial establecimiento de la premisa durante los primeros minutos, resuelto con mucha gracia, originalidad y soltura, todo no haga sino caer en picado. El empache digital no consigue atenuar los muchos problemas de la cinta. El primero de ellos: el propio Valerian.

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Multiculturalismo, nivel: Universo.

¿Por qué debe interesarme este muchachete creidillo y tirando a vaguete que parece no albergar grandes motivaciones? ¿Qué tiene Valerian para ganarse mis ganas de verlo ganar y de acompañarlo en sus viajes en defensa de la ley intergaláctica?

Lo que debiera parecerse más a un antihéroe subversivo resulta más bien en adolescente wannabe: intenta ser un seductor fatal, pero algo –tal vez el diseño interpretativo del personaje, las propias características y perfil de Dane Deehan o las decisiones estéticas sobre su imagen– impide que sus escarceos con la co-protagonista y su vago pero constante intento de resultar interesante se queden en amago adolescente. No tiene objetivos interesantes, y el principal resulta casi accidental, caprichoso, repentino, tal que si fuese el fruto de una líbido adornada y pasada de vuelta.

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No, Cara, así no mejoras nada…

Algo similar ocurre con ella. Quizás a Cara Delevingne aún le quede mucha formación y experiencia para convencernos a muchos de que su salto de las pasarelas a los sets de rodaje es legítimo y acertado. Sigue perteneciendo más al mundo de la promoción y la imagen de ventas que al no tan abierto club de los actores y actrices con verdadera capacidad de hacernos creer cualquier cosa. Su fingida indiferencia y devoción subyacente por su compañero de aventuras sólo se sostiene cuando se cae en la cuenta de que ella es igual de insulsa, inconsistente y carente de motivaciones reales y sólidas que el propio Valerian.

La relación entre ambos se presupone motor de interés entre aventura y desventura, pero lo cierto es que tan sólo provoca desidia ante la previsibilidad absoluta de su desarrollo, desenlace y de cada uno de sus vaivenes y chascarrillos. Dudo que conmueva siquiera al púber más receptivo.

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Flipar en holográmico, lo último de GoogleGlasses.

Por otra parte, lo que ocurre entre las escenas de ligoteo es en su mayor parte entretenimiento satisfactorio, ligero y tremendamente creativo.

La base espacial en la que se reúnen un sinfín de criaturas tan ricas cultural como morfológicamente, la Ciudad de los Mil Planetas, resulta ser interesante en concepto, aunque en la práctica sea relegada a mosaico visual inconexo (pura carne de tráiler) y su peso argumental sea absolutamente anecdótico. Pero tal vez el premio a la idea más genuina sea para el gran mercado interdimensional, que ofrece un escenario divertido y atractivo para una secuencia de acción entretenida y solvente.

No obstante, ni la escenografía ni los personajes secundarios añaden mucho más que curiosidades accesorias a un hilo conductor insuficiente que necesita de constantes aderezos y distracciones. Rihanna, Ethan Hawke o cualquiera de los actores no terrícolas pueden resultar más o menos exóticos e interesantes, pero no dejan de ser solo ornamentales.

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Dicen que así es la placa base de un Mac por dentro.

No se da cancha al espectador para siquiera tener la oportunidad de abrumarse, sorprenderse o encantarse ante el despliegue de mundos, criaturas e ingeniosos contextos que desfilan ante él. No hay un interés en asentar la frondosa fantasía sobre un poco de épica o de grandeza, de solidificarla en algo más que mero derroche estético, sino que pasa a engrosar la lista de lo accesorio y sin importancia.

El intento más sólido consiste en el apocalipsis de un mundo playero habilitado por seres de nombre explícito y sociedad inverosímil tan esbeltos y cándidos que es difícil vibrar demasiado con ellos. Un intento que provoca la trama principal.

Algunos diseños muestran mecánicas y formas de funcionamiento interesantes y novedosas. Aún cuando ya hemos visto tantísimas cosas en pantalla gracias al CGI más sofisticado, algunos conceptos están materializados de modo refrescante y vivo, mientras que otros tantos son sorprendentemente vagos –el recurso de fusionar tecnología fantástica con elementos y artefactos reconocibles del mundo real, que tan buenos resultados da en algún caso (el autobús colegial flotante), en otros resulta casi una muestra de pereza creativa (el Skyjet, que además tiene un nombre de lo más soso, todo un product placement), así como muchos de los props que aparecen en determinados momentos, a menudo simples obejtos del mundo real, sin siquiera modificaciones divertidas–.

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Los Perlas. Una mezcla de na’vi playero, kaminoano y guerrero massai.

En conclusión, todo el entusiasmo y la energía invertida en la creación de ambientes, criaturas, diseño y reglas de funcionamiento de físicas y tecnologías imaginativas e inéditas parece haber agotado las fuentes destinadas a la elaboración de un argumento un poco menos anecdótico o desarrollar unos personajes un poco más consistentes. Difícil desprenderse de la sensación de accidente de toda la historia en sí.

Y por cierto, no.

No tengo ni idea de qué hace Clive Owen en esta película.

 

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