Thor: Ragnarok – Cachondeo de colores y diversión primaria al ritmo techno de DJ Trueno

hace 4 semanas en Críticas, El despacho del Master por

Una de dos: o tienes clarísimo que Thor: Ragnarok es la tercera película sobre Thor y no hace falta siquiera mencionártelo ni recordarte dónde quedó la historia, o eres un profano que quizá se ha perdido ya entre tantas entregas que revuelven y encadenan cada una de las muchas historias sobre los muchos personajes de ese nutrido potaje que es el Universo Marvel.

No es que haya demasiado que recordar acerca de las dos ateriores películas sobre el dios del trueno reconvertido a delantero centro del equipo vengador. Hijo de Odín (Anthony Hopkins), hermano del siempre cambiante y dispuesto a la traición Loki (Tom Hiddleston) –ahora reformado, aparentemente–, todos procedentes del reino celestial de Asgard –propio de ese característico imaginario que mezcla ciencia-ficción interplanetaria con fantasía épica (lanzas y escudos junto a naves espaciales y rifles láser, para entendernos)–, Thor tendrá que enfrentarse a una elegantísima Cate Blanchett (Hela, diosa de la muerte) que logra la verdad y la consistencia aún con tacones, mallas y una cornamenta digital.

Un Thor que sufrirá cambios más grandes que su corte de pelo, llevado a un nuevo escalón a todos los niveles y refrescando relaciones con el resto de personajes en medio de un festival cromático de sarcasmo y moda carnavalera.

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La Teoría del Caos se ha materializado finalmente en su armario.

No faltarán un buen puñado de nuevos personajes. La valquiria chulesca y descarada interpretada por Tessa Thompson (insuficiente, a mi parecer), el asgardiano moralmente ambiguo Skurge (Karl Urban) y un divertidísimo Jeff Goldblum dando vida a un histriónico especímen –entre maestro de ceremonias y showman sin escrúpulos– cuya absoluta libertad a la hora de divertirse es tan evidente que resulta ser desternillantemente obscena. Es una de las mejores cosas que ver en el cine: el actor pasándoselo en grande ante nuestras narices.

Y completan el cuadro las caras conocidas: Idris Elba conserva su puesto de portero del paraíso asgardiano, Hiddleston hace crecer en carisma e interés a su personaje, se produce la reaparición lógica de un Dr. Strange (Benedict Cumberbatch) cuyo universo de magia interdimensional casa a la perfección con la mitología intergaláctica abierta por las películas de Thor –permitiendo un encuentro que, si bien es algo precipitado, diversifica la fantasía y la enriquece a distintos niveles, además de continuar con las conexiones debidas entre todos los personajes– y finalmente, trae de vuelta al que es para muchos (sin duda para mí) una razón de peso pesado para disfrutar del festival de supertortas que debe ser toda peli de Marvel: Hulk, interpretado en su forma humana por un Mark Ruffalo de quien no sabríamos decir si se lo pasa mejor dentro o fuera del set de rodaje.

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¿Qué beben las valquirias? Litronas galácticas, según parece.

 

Las primeras dos películas que reunían a la totalidad del equipo tenían por título Los Vengadores –más el subtítulo La Era de Ultron en la segunda e Infinity War en la tercera, ahora en postproducción– pero lo cierto es que hace ya tiempo que la línea divisoria entre “película de Los Vengadores” o “película sobre un solo personaje” se ha ido desdibujando para dar lugar a capítulos (si ya se les puede llamar así) de la gran saga de Marvel que entremezclan a los personajes y se cuelan en momentos concretos de la línea temporal común con una maestría y una eficacia digna y elaborada.

Thor: Ragnarok es un desvío, un entretenimiento en el camino, una distracción temporal de la historia principal (la mayor parte de la historia transcurre en el planeta-vertedero Sakaar accidentalmente) pero una muy al estilo y a la altura de los superhéroes casi todopoderosos que la protagonizan. Tanto es así, que se desata el apocalipsis nórdico que ya anuncia su título. Este despiste tendrá unas consecuencias evidentes y relevantes en el contexto general y específicamente en cada uno de los personajes. Evolución, que siempre es de agradecer.

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Admítelo, Hulk, no lo necesitabas… el casco es sólo por fardar.

 

Ni falta que hace. Porque ya desde la primerísima secuencia, el humorista Taika Waititi (que además de dirigir pone voz suave y dulce a un guerrero hecho de piedra) deja nítidas sus intenciones: si bien en anteriores películas la comicidad sólo salpicaba ciertos aspectos prevaleciendo siempre la gravedad del conflicto planteado, en esta ocasión Thor: Ragnarok se zambulle de lleno en el humor más explícito, evidente y descarado, uniéndose a esa desenfadada y alocada fiesta que ya puso a prueba antes Guardianes de la Galaxia, de modo genuino y fresco en la primera, y de manera tremendamente aburrida e insulsa en la segunda. Eso sí, el repertorio de canciones era muy top.

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Un mix entre Rita Repulsa y Galadriel cuando le tienta el Anillo. Más o menos.

Y funciona. Porque no hace amagos de ser otra cosa, no trata de ponerse seria después. No ensombrece el cachondeo constante con intentos desesperados de vestirse de tragedia (aún cuando se presume gravedad dramática en determinados momentos, claro). La espectacularidad visual se alía con una comicidad tonta pero no simple, e invita sencillamente a la diversión instantánea, excusada por un hilo argumental necesario que –sabemos muy bien– acabará en batalla espectacular.

Una película que lleva el humor y el exceso por bandera, abraza con fuerza aquello a lo que está llamada a ser y encaja con poco esfuerzo en un rompecabezas masivo que nos va arrastrando, poco a poco, hacia la que será una guerra de proporciones colosales contra un supervillano cuyas escenas post-créditos suman ya unos cuantos buenos minutos de metraje: Thanos.

Una cosa es segura: cuando se reúna toda la familia heroica de Marvel, no habrá plano general que los incluya a todos.

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