Fanboy VS. Hater | Stranger Things

hace 2 años en Cine en serie, Desvarios cinéfilos por

¡Estrenamos formato!

‘Fanboy VS Hater’ enfrentará a los más entusiastas fanboys con los haters más despiadados.  Empezamos con cierta calma, pero en nuestra redacción ya ha empezado a correr la sangre respecto a futuros estrenos…

Hoy,  una serie que es todo un homenaje (o una copia rancia) del cine ochentero: Stranger Things. 

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En una esquina…

Profesor de colegio, amante de la poesía concebida en forma de rap,  alma de negro del Bronx.  Bajo su apariencia tranquila y sosegada, esconde a un vehemente devorador de series y películas. Con criterio tímido y humilde, te dirá lo que piensa de esto o de aquello, tomándose su tiempo para explicarte que tu opinión, aunque válida (es un tipo tolerante, al fin y al cabo) es posible que sea totalmente errónea.

Misael Benedicto: el fanboy

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Cualquier tiempo pasado fue mejor. Ya lo dijo Jorge Manrique en las coplas a la muerte de su padre, y esto es precisamente lo que tuvieron que pensar los hermanos Duffer a la hora de crear Stranger Things, una serie de ciencia ficción ambientada en los 80 que bebe de grandes de la época como E.T., Los Goonies o incluso  Twin Peaks, donde elementos fantásticos se introducen en la vida de los personajes en un universo a priori realista.

Stranger Things nos sitúa en Hawkins, el típico pueblo americano, tranquilo y apacible alejado de las grandes urbes donde, de repente, un niño desaparece sin motivo aparente. La serie comienza mostrándonos a los principales protagonistas de la serie, un grupo de cuatro niños de entre 11 y 12 años (mención especial a su calidad interpretativa) con una pasión y curiosidad por la ciencia desorbitadas, algo imprescindible para lo que les espera a lo largo de esta aventura. No son sólo ellos los que centran la trama de esta serie, también tenemos al típico sheriff de pueblo y a la típica inteligente-guapa del insti que anda detrás de… ¿adivinan quién? ¡Exacto! del típico malote-guapo del insti (esta era difícil, ¿eh?). Pero no todo va a ser típico. El elenco de personajes importantes en la serie lo cierran el hermano y la madre del niño desaparecido, los malos malísimos que experimentan en un laboratorio secreto y la niña con habilidades sobrenaturales a la que persiguen los malos malísimos.

Stranger Things

¿Dónde está lo stranger? A simple vista parece una serie muy predecible y nada original, y ahí es donde reside la magistral habilidad de los hermanos Duffer para hacer algo que, pese a que a simple vista no nos ofrece nada nuevo, se sale de lo que se viene viendo en las series y películas de la última década para atrapar al espectador en ocho apasionantes capítulos cargados de sentido. Y es que éste es, para mí personalmente, uno de los puntos clave de Stranger Things. No sé ustedes pero, por desgracia, yo estoy acostumbrado a ver series y pelis que no cuidan este tipo de cosas (que deberían ser básicas) y me sorprende mucho ver que aquí ninguna trama está puesta porque sí, ningún plano está para rellenar, ningún personaje sobra: todo tiene sentido, un por qué y está todo perfectamente entrelazado e hilado. A esto hay que sumarle una enorme calidad visual, una ambientación y una banda sonora que consiguen meterte de lleno en la historia, con guiños continuos a Dungeons & Dragons y Star Wars que harán las delicias de los más friki-nostálgicos.

Stranger Things resulta ser una serie construida sobre una base muy vista pero que sabe aprovecharse de tanto tópico para hacer una historia atractiva, hipnótica, interesante y muy fácil de ver, apta para toda la familia (sin ser nada infantil), capaz de devolverte a tu infancia, de transportarte 20-30 años atrás, de hacerte creer que el espíritu del cine de los 80 no está muerto y de que, aún teniendo un recipiente muy utilizado, todavía se es capaz de ofrecer un producto que sabe a nuevo.


 

Y en la otra esquina…

Actor y guionista en ciernes, estrella de los escenarios de karaoke, campeón supremo del sutil arte de deglutir pizzas gigantes. De un primer vistazo, no dirías que tras su habitual expresión de impasibilidad y su brazo de cazador de Predators se esconde un sentido del humor irónico y flemático, que entremezcla la sinceridad más primaria con la crítica más retorcida. El perfecto hater. No el que nos merecemos, pero quizá sí el que necesitamos ahora mismo. 

Iván Muñoz: el hater

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Es muy posible que ésta sea la crítica más moderada que haga nunca. Por lo general, después de ver una peli o serie, sólo puedo tener una de dos sensaciones: o me enamora hasta el punto de comprarme 365 dvds de la misma, para hacerles el amor cada día del año, o me enfurece lo bastante como para buscar los mismos dvds y quemarlos en una hoguera junto a su director, guionista y actores. Así soy yo. El punto medio carece demasiado de pasión para mí.

Para empezar, tengo que admitir que no me extraña en absoluto el éxito que ha tenido Stranger Things. Todo en esta serie son novedades, empezando por la trama: un grupo de niños buscan a su amigo perdido, encontrando en el proceso a alguien alejado de su mundo, a quien no dudarán en enseñar el significado de la lealtad, el valor de una promesa y la amistad.

Si en este momento has sentido la necesidad de ir al baño y vomitar tus últimas diecisiete comidas, no te preocupes, es lógico. Quiere decir que eres humano. Yo te espero; cuando acabes y te recompongas, aquí seguiré.

¿Ya? ¿Mejor? No guardes aún la palangana. En esta incesante lista de novedades se encuentran:

Una madre preocupada, sobreestresada y sobreactuada que cree que está perdiendo la cabeza al perder a su hijo.

Un padre despreocupado desconectado de la familia y ausente durante mucho tiempo.

Una adolescente lista y aplicada que sale con el tipo malote del instituto.

Una amiga gorda con gafas que está destinada a morir (no es ni siquiera spoiler) desde el mismo momento que sale en pantalla.

Un niño gordo que, por supuesto, sólo puede hablar de bollos, chocolatinas, y comida en general.

Un niño negro cuya única función en la serie es contradecir a sus otros dos amigos y estar siempre de mal humor.

No quiero olvidarme de incluir al amigo del malote del instituto cuyas frases son siempre replicadas con un: “Vamos, no seas capullo, tío”. En serio, creo que ni siquiera escuchan lo que dice. Este personaje podría llegar un día y decir: “Hola, amigos, tengo cáncer. El médico me ha dado dos semanas de vida”; y me juego los huevos a que alguien le miraría condescendiente y le soltaría, tajante: “Vamos, no seas capullo, tío”.

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Respecto a la interpretación, no puedo quejarme; todos cumplen bastante bien dentro de sus papeles. Excepto Winona Ryder. Si le hubieran dado su personaje a Jim Carrey con peluca y hasta arriba de farlopa, habría quedado más natural.  En definitiva, según avanzaban los primeros capítulos, todo eran personajes planos, sin matices y una trama predecible. Si quisiera ver algo así, cortaría por lo sano y me pondría Águila Roja.  Hasta ahora no parece que esto tenga ningún punto medio, lo sé. Pero voy a intentar acercarme un poco. No prometo nada.

La historia, aunque manida en muchas ocasiones, funciona porque te mantiene intrigado. Sobre quién será esa niña rapada, sobre dónde estará el hijo de Winona Ryder y dónde esconderá la cocaína. (Ésta última duda no queda resuelta, quizá para la segunda temporada).  Y tanto el personaje del sheriff como el modo en que va descubriéndose lo que ocurre son interesantes. Es algo nuevo, para variar. Lo mismo ocurre con el final, que confío en que no traten de explicar con una segunda temporada.

En resumen, les pasan cosas interesantes a personajes que no lo son. Pero como la nostalgia es poderosa, la serie trata de suplir sus carencias con una esencia ochentera constante. Y visto su éxito, parece que ha colado. Así que por mi parte nada más que replicar. Nos vemos en el baile de fin de curso. Ponche para todos, amigos.

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