Soñadores: Siempre será mayo del 68 en París

hace 2 semanas en Revisitamos por

Recuerdo la primera vez que vi Soñadores de Bertolucci. Bueno, no recuerdo exactamente cuándo fue ni en qué momento concreto de mi vida me encontraba, pero sí el efecto que me causó. Supongo que sería hace unos ocho o diez años como mucho, cuando estaba terminando la universidad y convivía con alguna que otra crisis existencial mientras la música, el cine y la comodidad de vivir en casa de mis padres, me ayudaban a digerir uno de esos momentos en la vida en los que tienes que tomar alguna que otra decisión, a priori, importante.

«Es necesario explorar sistemáticamente el azar».

                                                  «Es necesario explorar sistemáticamente el azar».

Por aquel entonces, Soñadores supuso dar con una historia, valga la redundancia, de las que te elevan a un estado de ensoñación, despertando todo el romanticismo de una época a la que muchos nos encantaría viajar para escucharla, verla, olerla… en definitiva, sentirla.  París, mayo de 1968. Un estudiante americano llega a la capital francesa para estudiar el idioma, dedicando su tiempo libre a su mayor afición/obsesión: el cine.

Cuando tienes veintipocos crees, ahora sí, que al fin eres ‘mayor’ porque has superado la adolescencia; comienzas a tomar decisiones y a pensar por ti mismo. Suele ser esa época de los primeros empleos, tiempo en el que nuestros progenitores aflojan el lazo que nos ata al nido familiar y desplegamos nuestras alas para volar independientes y libres. También es entonces cuando tu pensamiento político empieza a tener más peso en tu día a día. Quien más quien menos, siga el lado de la fuerza que sea, acude a manifestaciones y marchas para protestar o reivindicar con la energía que te da el ser tú y tus circunstancias por primera vez en tu vida. Por todo ello, Soñadores es de esas películas que despiertan algo en tu interior; de una u otra manera, te sientes identificado con el trío de protagonistas.

«Un pensar que se estanca es un pensar que se pudre».

                                     «Un pensar que se estanca es un pensar que se pudre».

Matthew (Michael Pitt) acude asiduamente a La Cinémathèque Francais, donde se reúnen todos aquellos para los que el cine es mucho más que una historia contada a través de una pantalla. Allí conoce a Theo (Louis Garrel) e Isabelle (Eva Green), con quienes formará un triángulo amoroso/fraternal/sexual mientras en las calles de París todo está a punto de estallar.

La primera vez que topas con una película que te fascina siempre surge esa ‘magia’ que nunca se vuelve a repetir las siguientes veces. En el caso de Soñadores —y estoy seguro de que no soy el único—, hay que sumar el amor cinematográfico que Bernardo Bertolucci despliega a través de todo el metraje. Ya sea en forma de pequeños homenajes a  algunos clásicos, o bien con el uso de bandas sonoras de obras como ‘Los cuatrocientos golpes’ o ‘Pierrot el loco’; o de una manera más sutil, como el cameo que hace Jean Pierre Laud—actor fetiche de Truffaut—haciendo de sí mismo en una protesta ante La Cinémathèque, Soñadores te hace respirar cine. Gracias a estas referencias descubrí películas como ‘Bande à part’ o ‘Freaks’, que me llevaron a su vez a ahondar más en los clásicos y en el cine europeo.

No obstante, más allá de los juegos fílmicos que fluyen a través de las distintas escenas, lo que hace especial a Soñadores es su contexto histórico: el Mayo francés.  A pesar de que todo lo que ocurrió durante aquellas semanas no es más que un fondo desenfocado y un murmullo que se oye tras los discos de Hendrix o Janis Joplin, los acontecimientos de aquellos días impregnan la intrahistoria de los protagonistas mientras practican su particular liberación sexual en un piso bien del centro de París.

«Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar».

                                 «Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar».

Dejando a un lado las cuestiones incestuosas y la enredada relación de los protagonistas —que verdaderamente hacen un gran trabajo—, la realidad de aquellos últimos años de la década de los sesenta estuvieron marcados por la Guerra de Vietnam, el amor libre, y ese movimiento que se cimentó en una generación de jóvenes alrededor del mundo que, por primera vez en la historia, tuvieron voz para tratar de cambiar las cosas.

En aquellos días, Francia sufría una incipiente crisis económica cuyos síntomas se dejaban ver a través de una, cada vez mayor, precariedad laboral, desempleo, desigualdades sociales…— ¿A alguien le suena?— Pero mientras todo esto sucedía, ¿qué hacían nuestros protagonistas? Follar y debatir sobre música, cine y maoísmo bajo la protección del talonario de papá.

De algún modo, tras volver a Soñadores una vez más, vi un claro paralelismo entre aquellos años y nuestra realidad de hoy. Sé que esa ciudad llamada París que aparece en la pantalla, no existe y nunca existió. Es solo una visión idealizada de aquellos días, pero al fin y al cabo, una visión. Sin embargo, dicha ‘idea’ es capaz de traerme de vuelta a Madrid para preguntarme, ¿realmente aprendimos algo de aquello? Seguramente antes había más libros y mucha menos televisión; el capitalismo y el libre mercado no habían hecho su aparición en escena y los problemas, aunque similares, eran vividos y sufridos con otra perspectiva.

«Sean realistas: pidan lo imposible».

                                                   «Sean realistas: pidan lo imposible».

Aun así, cualquiera persona que viva en este lado del mundo es, o ha sido, como Theo, proclamando consignas e ideales con la seguridad de no arriesgar mucho; o como Matthew, capaz de ver las contradicciones del discurso del primero y no tomar parte a pesar de ello; o como Isabelle, quien simplemente sigue a su hermano de manera ciega.

Quizás me haya ido un poco de las cuestiones meramente cinematográficas, pero el cine también es para pensar y reflexionar; muchas veces, y ésta puede ser un buen ejemplo, una película te enfrenta contra tu conciencia. Por ello, ¿qué moraleja podemos sacar de Soñadores? La historia está ahí. El Mayo francés se extendió por media Europa y EEUU en diversas protestas como la Primavera de Praga o la fuerte oposición a la Guerra de Vietnam. Por primera vez, la juventud aspiraba a algo más que a seguir sistemáticamente los pasos de sus progenitores.

Los protagonistas de Soñadores, a pesar de sus contradicciones, siguen a la masa en pro de un mundo más justo. Su juventud e idealismo les nutre de energía para unirse al movimiento en el último momento del film, no sabemos qué sucede luego… pero conocemos la Historia. Al final, aunque sí cambiaron algunas cosas, los poderosos supieron reinventarse una vez más, y las consignas y gritos de la gente fueron cayendo en la desilusión y el letargo, aunque nunca llegaron a callar totalmente.

Hoy no hay Vietnam, pero sí hay Refugiados o Cambio climático. Dios ha muerto una vez más, y todo lo rige el dinero. Siempre van a existir causas en las que creamos. Quizás la energía la pondrán siempre los más jóvenes y aunque el mundo se vaya al carajo, es necesario que los sueños sean algo más que viajar a París un día de mayo de 1968.

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