Power Rangers – Se madura mejor en mallas (de colores)

hace 3 semanas en Críticas, El despacho del Master por

En ocasiones Hollywood demuestra una sorprendente capacidad para rescatar viejas sagasPower Rangers nos animó los principios de los 90– y reinventarlas de un modo aceptable, extrayendo aquello que pueda funcionar para un público más actual y desechando –o relegando a mero cameo– todo lo que pertenece a los gustos de otra época. ¿Power Rangers es uno de esos casos?

Bueno, quizá en algunos aspectos se haya sabido refrescar lo que Power Rangers era, pero es precisamente la conservación de algunos de sus rasgos clásicos lo que, en mi opinión, relega a este universo a abandonar la liga de los reboots y a quedarse en la vitrina de los viejos trofeos.

Por supuesto, que crea esto no significa que no esté seguro de que, si les da por ahí, harán Power Rangers 2: La Venganza de Rita, Power Rangers 3: La venganza de la prima de Rita y spin offs de cada secundario. De hecho, la intención es evidente. Veremos.

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El futuro de la Tierra depende de que madureis, majetes. Que sois unos majetes.

Uno de los ingredientes clave y más característicos de Power Rangers era y es su localidad. Es decir, que todo sucede a una escala muy local. No se ha escogido llevar los eventos catastróficos (personaje malo muy malo que, adivínalo… sí, quiere destruir el mundo y sí, tiene un plan malvado para hacerlo que va a cumplirse muy pronto) a un nivel global, de modo que la gran pelea suceda en el epicentro de la civilización terrestre (generalmente Nueva York, claro) y pueda ser presenciada por una Humanidad expectante. En ese sentido, se conserva gran parte de la esencia de la serie original, en que los eventos tenían lugar a las afueras de alguna población pequeña y no solía haber demasiados testigos.

Una RitaElizabeth Banks– bastante insípida y plana resulta ser perfecta para personificar ese intento de mantener el encanto del look carnavalero y su toque noventero del producto original que, sin embargo, no llega a cuajar si uno se olvida de la condición de reboot. No hay una actualización a la altura: si quieres volver a sumergirte en el mundo de aquellos héroes monocromáticos que animaron tu juventud, te aconsejo que revisites la película del 95.

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La manía del dedito en la cara de los villanos histriónicos.

La promesa de la llegada de un monstruo colosal dorado –Goldar– que origine una buena cantidad de mamporros gigantes y acción videoclipera resulta ser el aliciente adecuado para una película cuya vocación no va más allá. Una vez comienza el espectáculo de tortas, la película por fin se sumerge en lo que es y se mueve a través de los planos trepidantes y las coreografías digitales con soltura, eficacia y dinamismo. Un tipo de secuencia que podría ser ya un género en sí mismo. Voto por llamarlas secuencias Transformers.

Lo que salva la película y nos lleva a darnos cuenta de que hay una consciencia de la propia identidad de la misma (es decir, que sabe que es lo que es y no otra cosa) son determinados puntos de humor y el sostenimiento de un objetivo clásico de este tipo de historias que no pretende engañar a nadie. De hecho, la intensísima estereotipificación (te reto a que lo leas muy rápido) de los personajes, sus relaciones, su contexto y su desarrollo no sólo nos deja claro lo que estamos viendo, es que incluso se vuelve previsible hasta las trancas.

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Las armaduras muy chulas, Zordon, pero queremos morritos. Añádeles morritos.

Power Rangers no tiene absolutamente ninguna pizca de imprevisibilidad, y puedes ver las páginas del guión escritas desfilar ante la pantalla minutos y segundos antes de que suceda la acción. Lo mejor, sin duda, el personaje del ranger azul: Billy. Seguir su evolución –estereotípicia, por supuesto– es, al menos, divertido y entrañable. Un poco.

La película parece querer agarrarse a ese recurso del que últimamente parece que nos estamos saturando tanto: la nostalgia. Pero tampoco parece querer abrazarlo del todo, y en cualquier caso tampoco estamos seguros de que el formato de película teen –que presumiblemente conectará con el público adolescente, por aquello de teen– pueda traer de vuelta el interés del público original de la serie, que con toda probabilidad rondará o habrá dejado ya atrás los treinta.

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Buah, estos sí que partían la pana… Míralos, tan seguros, sin armadura ni ná. Una malla y a correr.

El momento GO! GO! Power Rangers! es, por supuesto, un deber moral. O eso parece, porque está integrado de tal forma en la película que es imposible que no te saque a patadas de ella. Eso, o se responde con una sonrisa, un espasmo de esos que augura una carcajada que no llega a darse, y se continúa viendo la inminente fiesta de tortazos con desenfado, pero probablemente pensando que esta franquicia tampoco da ya para mucho más.

La premisa, la iconografía, los ex machina (ya sabes, de esto que cinco chicos se encuentran oportunamente en medio de un sitio molón) y unas reacciones tremendas a unas causas que, en muchos casos, son muy banales (muy a tono con lo que es la adolescencia, por otro lado) van conformando una película cliché y que impacienta por momentos, aún cuando se deja ver. Química entre los personajes, poca. Sólo la que dicta el libreto, y lo más salvable sea quizás que algunos de los conflictos personales puedan conectar directamente con necesidades reales del público más joven.

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No me mireis así, chicos. Lo digo con cariño.

Eso sí, la conclusión, como tantísimas otras veces, no contiene revelaciones profundas más allá del mensaje a favor de la amistad y el espíritu en equipo, especificado en la manera en que los jóvenes héroes dan y reciben leches de varias toneladas y quilates.

Así que si eres un tierno mancebo que está teniendo problemas interrelacionales, ya sabes: todo lo que necesitas es una armadura de color básico y ponerte al servicio de Bryan Cranston. Ya estás tardando.

 

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