Madre! – Musa cruda, mamá hambrienta

hace 3 semanas en Críticas por

Madre! es una metástasis elegante y sugerente que se entrega, histérica e impertinente, a los brazos de un juego que de tan macabro, es magnético: estirar los tendones de la paciencia y la moral hasta desgarrar, inquietar, retorcer y destrozar a un personaje. Y con él a todos nosotros.

En ese viaje claustrofóbico hacia el caos ante el que asistimos, impotentes, el sentido moral  y el buen corazón serán, ¡oh, escándalo! cómplices del desastre, ingrediente necesario para que cualquier relación podrida prospere, por mucho que su matriz lleve ya tiempo yerma.

 

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Si eres la esposa del lobo, las ovejas… ¿te veneran?

Al director y guionista Darren Aronofsky poco le importan los límites del pudor social o la corrección generalizada. Ni se priva de recursos que vayan más allá de lo que buena parte del público consideraría la frontera del buen gusto, ni tampoco se obsesiona con la idea de ser transgresor, en esa búsqueda intencional de la irreverencia que a veces canta en algunos realizadores. Sencillamente utiliza una trama para describir una idea, un impulso, una característica específica de la naturaleza humana o un proceso, y no se corta con la explicitud de la violencia.

Violencia no sólo física –la más evidente–, sino emocional, mucho más desagradable. La violencia impertinente que empapa las paredes de Madre! se traduce en una angustia visceral, materializada visualmente con tintes de aborto, narrativamente con aires de thriller psicológico y contenida de manera intensísima, tal que un hilo de acero vibrando al rojo vivo, entre la fuerza primitiva de los ojos del escritor frustrado –Javier Bardem– y la sobrehumana capacidad de resiliencia de la joven esposa –Jennifer Lawrence–, apartada tan dulcemente de la posibilidad de ser querida.

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Calibán.

El reparto lo completan unos inquietantes Ed Harris y Michelle Pfeiffer, los hermanos Brian y Domhnall Gleeson y Kristen Wig, que componen todos juntos un cuadro potente a la altura de la atmósfera parida por Darren, con Matthew Libatique –director de fotografía– y Philip Messina –diseñador de producción– como matronas.

No es, por supuesto, la primera vez que Darren –Requiem por un sueño, Cisne negro– nos narra el avance inevitable de la degradación interior a través de un personaje que, destruyéndose y destruyendo, ansía una elevación imposible, o aspira a alcanzar una cima inexistente. Madre! demuestra, como lo hiciera la película protagonizada por Natalie Portman, la profundísima sensibilidad de su escritor y director hacia la vida interna y experiencial del creativo profesional. La figura del artista entregado hasta la insaciabilidad, el creador consagrado a un objetivo imposible, como le pasara a la joven bailarina que, quebrándose algo más que los huesos de los dedos, se desvivía por morir en el vientre de lo que le daba la vida: su arte.

Con una grandísima diferencia: aquélla era un decisión voluntaria.

 

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Calíope.

Quizá sólo quien haya experimentado el agudo dolor del perfeccionismo más extremo, de la autoexigencia más impertinente; quien se haya exprimido sesos y tripas buscando obtener una gota de aroma a excelencia, podrá entender de qué narices habla Madre! con tanto ahínco y tanta insistencia –sobreexplicada por momentos, pero nunca inefectiva– a lo largo de este drama con fuerte olor a pesadilla.

Pero quizá Madre! no sea la historia de cómo el proceso creativo conlleva destrucción, en un ciclo infinito de autocomplacencia y renacimiento.

Si se ve desde el otro lado, es la descripción de cómo la destrucción encuentra argumentos para sostenerse, para justificarse. El engaño del espejo está asegurado: si miramos moralmente al reflejo, encontramos una historia decadente sobre el creativo trágico –el romántico sin inspiración, el dandy obcecado con la belleza, olvidada el alma– que debe condenar a la inanición emocional a quienes más unidos a él permanecen. Si miramos lo reflejado, encontramos tal vez que no se trata de la destrucción que, a modo de precio, se ha de pagar para obtener el diamante, sino de cómo la vileza egoísta se justifica a sí misma del mismo modo en que se justifican todas las aberraciones, desgracias y pecados de este mundo: en pos de un bien superior; de una utopía preciosísima, vacua e irresistible.

De una idea antropófaga, una inspiración caníbal.

 

 

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