Logan – Bestia vieja y derrotada

hace 2 meses en Críticas por

Siendo Logan el personaje de la saga de los X-Men más célebre y carismático era solo cuestión de tiempo que, tras el estreno de la última entrega de la trilogía original de la patrulla, X-Men: The Last Stand en 2006, lo siguiente fuese una película que profundizase en los orígenes de Logan, mucho más conocido entre los profanos por su pseudónimo: Lobezno.

X-Men Origins: Wolverine fue, sin embargo, una gran decepción para muchos de nosotros. Quienes ansiábamos presenciar la furia más primordial y la agresividad más desatada de un personaje que, pudiendo considerarse superhéroe, constituye parte de ese cada vez más nutrido grupo de personajes que flirtean constantemente con la ambigüedad moral, la oscuridad y el magnetismo atractivo de no ser ejemplo a seguir, vimos desinfladas nuestras expectativas al toparnos con una película floja, de emociones descafeinadas y trama desapasionada.

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En Logan, para empezar por algún sitio, tales carencias quedan de sobra resueltas. Logan es (y esto es lo primero que me pide el cuerpo comentar de esta película) una cinta cargada de cruda violencia –justificadísima y necesaria–, salvajismo descontrolado –esencial al protagonista, una vez provocado– y todo ello catalizado, impulsado, espoleado por quizá la razón más potente de todas: la desesperanza. La desesperanza ante la inminente pérdida de todo cuanto se tiene, aún cuando ya no se tiene absolutamente nada.

Logan es un león viejo, decrépito, repudiado cual bestia sedentaria que debe cargar a hombros con los restos de su manada. Lo curioso de la comparación entre sendas películas centradas en Lobezno es que, si bien distan años luz en todos los aspectos, tienen en común su director: James Mangold.

Sin excentricidades, la dirección es sencilla, limpia y sosegada. Sabiéndose crónica del desastre, la historia –como su protagonista– avanzan con paso cansado a donde quiera que haya que llegar, haya o no luz al final del túnel. La película no atiende a lealtades preconcebidas ni pretende gustar a todo el mundo.

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Los conflictos contextuales, generalmente grandilocuentes y globales, que inquietan al superhéroe estándar han desaparecido por completo: no estamos, a priori, ante ningún mundo que salvar. Tampoco estamos ante ningún héroe. La presunción de bondad en un personaje que siempre estuvo predispuesto al bien y a la proactividad, por mucho que su rol se jugase en los márgenes limítrofes de lo correcto –con aquella actitud de rebelde sin causa, versión superpoderes, que tan atractivo lo hace– ha sido total y absolutamente erradicada. No tiembla el pulso al demostrar las más terribles consecuencias de la falta de iniciativa de Logan por hacer lo que debería hacer.

Del conflicto moral no queda sino una chispa moribunda, que no se encenderá si no se desata primero el infierno. No es que no haya conflicto moral, es que el conflicto, ése en el que dos fuerzas contrarias se miden con cierta equivalencia, es casi más una espera, una obligación circunstancial.

Reducidos a metas encorsetadas en un aquí y ahora claustrofóbico, los objetivos no sólo difícilmente conmueven a unos personajes en vertiginosa decadencia, desgastados y rotos, sino que además son despojados siquiera de la certeza de su necesidad. No está muy claro si esos objetivos, una vez resueltos con éxito, servirán o no para algo. Y esto nos sumerge en una situación asfixiante, alimentando el tono de decadencia que lo tiñe todo sin aparente remedio.

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La narrativa, sustanciosa y sólida –aún a pesar de la presencia de fórmulas estereotípicas y sobreexplicaciones intencionales tópicas– dota de verosimilitud al peso del drama, nunca sobreactuado, nunca impostado. La ausencia de pudor a la hora de recrearse, sin querer halagar al espectador más joven o más impaciente, en el sufrimiento lento y pesado de un anciano –duro y fuerte, pero un anciano– es agradecida por quien espera algo más que fórmulas clásicas del cine de acción.

El mayor enemigo de Logan es aquél que todo hombre, en el cénit de una existencia sombría, encuentra ante sí: él mismo. Un Logan vs. Logan, en el que la mayor pelea consiste en un mano a mano contra su propia falta de rumbo, acosado por la sombra de la autodestrucción, sobrevolándole cual buitre ansioso. La imagen recuerda la constante alusión al western: desde la concepción espacial íntimamente ligada a la idea de frontera –el lugar perdido y herrumbroso, alejado de la civilización y de sus leyes, desértico en todos los sentidos y la idea del Nunca Jamás mutante–; los personajes hundidos, solos ante el peligro y casi desarmados por su propia degeneración física y moral; o las referencias diegéticas directas –un televisor que emite el clásico Shane (Raíces profundas) y se convierte en algo más que un detalle–.

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Despojado de la rabia, la venganza y de un enemigo común definido –aún cuando, lógicamente, hay antagonista en la película–, Logan es esa bestia que no tiene a quien defender. La pieza del puzle que hace que todo funcione, que haya historia que contar (la jovencísima Dafne Keen) no es ni mucho menos automática, ni supone ningún elemento mágico que transforme al protagonista de una secuencia a otra. En Logan nada está asegurado, nada responde ante un canon ortodoxo al que debiéramos agarrarnos.

Eso sí, como empecé señalando, cuando Lobezno es llevado al extremo, su estado puro queda al descubierto: aquel sujeto discordante de la patrulla, orgulloso y respondón, queda como adolescente revoltoso junto a un Lobezno más interesante, más compacto y definitivamente mejor, en todos los sentidos. Un Lobezno al que le duele su propio adamantium –su fortaleza fue siempre su mayor debilidad; su don siempre fue su peor maldición– y le cuesta deshacerse incluso de matones estándar.

Ese león viejo que, herido y solitario, debe encontrar un trozo de tierra en el que rendirse definitivamente, o un nuevo motivo para seguir rugiéndole a la sabana.

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