La soledad de Andréi Tarkovsky

hace 3 años en La silla del director por

No puedo sino sentir que incurro en una osadía al tratar de poner palabras a la obra del que probablemente sea el cineasta más sensitivo y puramente visual de la historia del cine: Andréi Tarkovsky. Sé, que una vez leído, este nombre va a generar dos o tres pensamientos en el lector: el primero y probablemente más extendido será ‘¿Y quién es ese?’ Andréi Tarkovsky fue un cineasta —permitidme repetir hasta la saciedad este calificativo pues nunca ha estado tan justificado— de origen ruso que desarrolló la mayor parte de su obra en un marco tan particular como la Unión Soviética. Su cine, alzado y vilipendiado por los organismos de poder de su país, no basaba su producción en ideas comerciales, ni tampoco era una herramienta política —por más que algunos utilizaran su nombre para tal fin—; su mayor preocupación siempre fue la búsqueda de las posibilidades artísticas que podían transmitirse a través de una cámara; explorar los límites de la percepción apoyándose en temas universales de profundo calado moral, filosófico y psicológico —no se asusten, algo así como Bergman pero más—.

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«Lo bello queda oculto a los ojos de aquellos que no buscan la verdad.»

El segundo pensamiento tendrá que ver con un concepto ‘cultureta’ de su nombre —quizás despectivo o puramente ‘moderno’—. “Oh mira, ya está el hipster éste hablando de películas rusas súper profundas…”. No voy a engañar a nadie. Andréi Tarkovsky es irrecomendable. Jamás osaría alzar la voz para animaros a ver alguna de sus películas. Por favor, no veáis altivez en esta afirmación; que no os lo recomiende no quiere decir nada, pues creo que no existe experiencia cinematográfica tan especial y única como ver una obra de Tarkovsky. Esta contradicción es inevitable para mí. Quizás alguno de vosotros continúe pensando que esto eleva el ‘friquismo’ a una nueva cota no explorada en cineYEAR. Inevitablemente algo de esto hay. Cine soviético, cero comercial, no recomendable…Pues sí, no estamos hablando de Steven Spielberg precisamente.

Creo que se nota el respeto a enfrentarme al nombre de Andréi Tarkovsky —dos párrafos de justificación son inusuales—; solamente quería esquivar los prejuicios y miedos a hablar del cineasta ruso. Pues bien, llegados a este punto sólo queda hablar de la soledad de Andréi Tarkovsky. El único director capaz de adentrarse en los caminos más angostos e inexplorados de la historia del cine y alcanzar un resultado único y sobresaliente como probablemente nadie haya conseguido. La producción del maestro ruso se reduce a apenas una decena de trabajos, aunque ya desde sus inicios demostró una visión especial, alejada de casi cualquier cosa vista hasta entonces.

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«El poeta es una persona con la fuerza imaginativa y la psicología de un niño.»

Desde sus primeros pasos en la escuela cinematográfica, Tarkovsky demostró una sensibilidad especial para el séptimo arte. Durante su infancia y juventud tomó contacto con distintas formas de arte y sin duda, la figura de su padre, poeta que alcanzó gran fama en la URSS, ayudaron a que su forma de abordar no sólo tuviera en cuenta cualidades cinematográficas. Ello está presente en sus trabajos como estudiante, donde destaca su film de graduación ‘El violín y la apisonadora’, un mediometraje que marca el punto de partida de su filmografía con un resultado magnífico. Poco menos de cincuenta minutos bastan al director para, a través de una historia de amistad entre un niño apasionado del violín y un obrero encargado de una apisonadora, dar muestra de su poderío y sutileza tras las cámaras. Pero esto sólo era el preámbulo de lo que llegaría.

Tan solo un año después, Tarkovsky filma su primer largometraje. Es 1962, y la historia del cine ya ha conocido películas bélicas como ‘La gran ilusión’ de Renoir, ‘Senderos de gloria’ de Kubrick; también muchas de las referidas al neorrealismo italiano y grandes producciones como ‘El puente sobre el río Kwai’. Andréi Tarkovsky tiene treinta años y ‘La infancia de Iván’ supone una demostración de madurez y talento narrativo sobre cómo abordar el tema bélico. El título no podía ser más apropiado. Iván es un niño sin infancia, amputada por el drama de la guerra. En medio del conflicto no duda en colaborar como espía; no encontraremos apenas rastro del niño que nunca fue y la poesía de ciertos pasajes es simplemente deslumbrante. En unos pocos planos, el director ruso demuestra un pulso visual que algunos tardarán en encontrar toda su vida. Fascinante.

Tarkovsky —y hablo desde un gran desconocimiento— tuvo diversos problemas para sacar adelante sus películas. La sombra de la censura se cernía en cada uno de sus planos, los cuales eran estudiados al detalle en busca de algún elemento ‘nocivo’ para el régimen. No obstante y como él declaró «el artista nunca trabaja en condiciones ideales, sino su arte simplemente no existiría». Este aspecto tan presente para el director soviético, se vio reflejado en una de sus obras maestras —¿y cuál no lo es?— ‘Andrei Rublev’. Película que narra la vida del pintor ruso del siglo XV, quien destacó en la pintura icónica. La historia densa y profunda, navega a través de varios capítulos de la vida de Rublev, en los que la carga existencial y moral ante la cruda realidad de aquellos años se funde con el proceso creativo del pintor, cargado de una visión libre y genuina. Estamos ante un trabajo que indaga en el fin del arte. ¿Por qué es necesario el arte en un mundo cruel y miserable? La cuestión no era pequeña, y por supuesto distintos aspectos como el pensamiento individual y la ambigüedad política de la cinta hicieron que ésta fuera recortada varias veces y ensombrecida por los organismos políticos, hecho que no consiguió evitar el reconocimiento al segundo trabajo de Tarkovsky en Cannes.

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He aquí el trabajo más ‘mediático’ de Tarkovsky; la respuesta a ‘2001’ de la URSS —así la quisieron vender algunos—. ‘Solaris’ es ciencia ficción, pero olvidaos de ‘Star Wars’, sin duda se acerca más a la obra de Kubrick aunque poco tenga que ver. No soy la persona más docta en la figura del cineasta ruso, y no podría adentrarme en las vicisitudes psicológicas de su persona tan importantes para analizar su obra de la mejor forma; no obstante, hay una constante en Tarkovsky que se acentúa en su obra a medida que pasan los años. El director entendía su cine ajeno a ningún simbolismo y que él, simplemente, plasmaba trozos de realidad, en el sentido de que una película así como una pieza musical, despierta emociones reales, carentes de simbología y conceptos formales. Este principio cobra fuerza en las obras menos ‘realistas’ de Tarkovsky como son ‘Solaris’ y ‘Stalker’ de la que hablaremos más tarde.

Imagina que un pensamiento puro y profundo que hay en tu interior pudiera materializarse. Una idea que anida en lo más hondo de tu ser cobrando forma. ¿Sería real? ¿Cuánta realidad existiría en algo que sabemos imposible y sin embargo podemos tocar y sentir? Si Kubrick realiza un viaje hacia el infinito, en ‘Solaris’, Tarkovsky realiza el mismo recorrido hacia el interior del ser humano. Toda la ciencia ficción del film sirve para indagar en la arquitectura de la mente del protagonista, un científico enviado al planeta Solaris para investigar una misteriosa muerte. Lo que allí sucede da lugar a profundas reflexiones. Tarkosvky busca el contacto con el espectador y la fuerte carga filosófica se apoya en unas imágenes poderosas. Como elemento recurrente a lo largo de su obra, cabe destacar el uso del agua, tan presente en sus películas. Muchos han tratado de buscar un significado a su continuo uso del líquido elemento. El cineasta a este respecto decía que el agua era agua; simplemente le gustaba. Del mismo modo, los problemas que ya existieron con las autoridades soviéticas en ‘Andrei Rublev’ se repiten aquí. Tarkosvky tuvo siempre la sombra política acechando a su obra, siendo motivo de profundos análisis y no pocas veces objeto de la censura.

Tras la más ‘imperfecta’ —en palabras del director— ‘Solaris’, llegó la que sin duda es la obra más personal —y esto no es decir poco— de Tarkovsky. Hablar de ‘El espejo’ sin recurrir a calificativos como poética, libre, preciosista, evocadora y onírica, es casi tan difícil como buscar una línea narrativa en sus cientoseis minutos. Ciertamente lo que hallamos en esta película tiene más que ver con despertar emociones y potenciar los sentidos que con una historia de presentación, nudo y desenlace. Sustentado en varios poemas de Arseni Tarkovsky, su padre, el cineasta ruso va tejiendo un amalgama de imágenes cuyo poder visual simplemente hipnotiza. En esta ocasión Tarkovsky mira a su interior, a sus recuerdos, miedos y memorias, para a través de ellos, ahondar en el reflejo imperfecto del subconsciente. Imposible de describir con palabras. Me resulta tremendamente difícil escoger una sola muestra de esta película, ahí van un par de fragmentos.

Recuerdo bien la primera película que vi de Andréi Tarkovsky. Su nombre llegó a mis oídos de casualidad y claro, entre alabanzas. No obstante, cuando investigué un poco sentí un gran respeto ante su obra. Me hice con un par de sus películas que rondaron por mi casa al menos dos años hasta que un día, sin motivo alguno, me decidí a ver una de ellas. ‘Stalker’ fue la elegida, completamente al azar. Quizás de haberlo sabido hubiera escogido otra más asequible para adentrarme en la obra del director. Puede que ésta sea, de sus películas, la que más pide al espectador. ‘Stalker’ es la antítesis de todas esas cintas ‘para no pensar’. No es que sea muy ‘sesuda’ en cuanto a su argumento, pero no se engañen, como en todos sus trabajos, las lecturas y pensamientos que sugiere son abundantes.

‘Stalker’ es pura ciencia ficción, con la particularidad de que el espectador debe aportar su imaginación y sus sentidos para gozarla. Se llama stalker a la persona que conoce ‘la zona’, un lugar restringido al que si eres capaz de llegar, tus deseos más profundos se harán realidad. Pero llegar allí requiere del conocimiento de los caminos y los misterios de ‘la zona’. El stalker guiará a tres personas deseosas de llegar allí, emprendiendo un viaje hacia su propio interior a medida que se acercan al destino final.

4.2.3

« La imagen fílmica es en esencia la observación de un fenómeno inserto en el tiempo.»

Para mí fue toda una revelación, pero como ya he dicho antes, una película como ésta es simplemente irrecomendable. ‘Stalker’ son tres horas en ruso de un cine intencionadamente lento. Sin embargo, si eres capaz de viajar con los protagonistas hacia ‘la zona’ pronto te verás hipnotizado por la cadencia de las imágenes. Los segundos simplemente tienen otra valía y lo que podría ser un tostón, se convierte en una maravilla fílmica donde casi se podría decir que se pueden sentir la humedad y los olores a través de la pantalla. Quizás me esté dejando llevar demasiado pero juro que así lo sentí entonces. Soy consciente de que de cada diez personas que se ‘atrevan’ con una película como ‘Stalker’ probablemente sólo guste a una o dos, esto no significa que las otras ocho no tengan gusto o razón en su parecer, pero del mismo modo que leer ciertos libros o escuchar cierta música, requiere de cierta ‘preparación’ para poder disfrutar de ello. —sé cuán pedante puede sonar esto, pero no lo digo con una intención ‘cultureta’ separatista y infravalorada de nadie. A mí me ha pasado con películas, libros o cuadros, y creo que es algo normal—. Una película deslumbrante y cuidada en cada uno de sus planos. Magnífica.

Las presiones y trabas alcanzaron su cenit con ‘Stalker’; los trabajos de Tarkovsky eran tan cuestionados que incluso estuvo a punto de ser preso por ellos. Este hecho produjo un momento determinante en la vida del director, su exilio. Dejar atrás su tierra, a la que amaba pasionalmente, causó en su persona una profunda melancolía y nostalgia de la que jamás pudo curarse. Son los primeros años ochenta, y Tarkovsky desembarcó en Italia para seguir haciendo cine lejos de su mayor fuente de inspiración: Rusia. El título no podía ser más directo y sencillo, ‘Nostalgia’.

La película posee toda la magia de la que es capaz de dotar a una historia Andréi Tarkovsky. El ritmo sosegado y la paciencia en los planos hacen que te acerques irremediablemente al personaje protagonista, tan lejos de su hogar como el director. El silencio, como casi siempre para Tarkovsky, dice más que las palabras; sin embargo, la belleza y melancolía de la historia va pincelando una nostalgia que sobrepasa el carácter personal, llegando a situarnos en una nostalgia sobre una idea que con seguridad nunca existirá. La nostalgia del mundo por lo que nunca conoceremos.

Valiéndose del equipo técnico de su admirado Ingmar Bergman, Tarkovsky rodó en Suecia su último trabajo derruido emocionalmente e irreversiblemente enfermo. Su muerte estaba próxima pero eso no impidió que ‘Sacrificio’ fuera un bello y sobresaliente epitafio fílmico. Estamos ante la inminente llegada de la Tercera Guerra Mundial, el fin está cerca. La fe, las creencias religiosas y el escepticismo ante los acontecimientos se muestran parte de un todo a lo largo de la historia. El mundo, insano, busca soluciones a tientas, sobrepasado por su futuro.

Andréi Tarkovsky falleció poco después de terminar de filmar ‘Sacrificio’. Desde la URSS se quiso reivindicar su figura; las alabanzas y homenajes fueron constantes. Volvió a triunfar una vez más en Cannes y su obra se hizo mitológica e inmortal de la noche a la mañana. Andréi Tarkovsky fue enterrado en París, lejos de su tierra. No voy a añadir nada más, sólo pido perdón por la redundancia, y por la pedantería si es que alguien la ha apreciado. También espero haber despertado la curiosidad, aunque sea a una sola persona, por descubrir el cine del director ruso. Si así fuera, toda esta palabrería serviría para algo. En un lugar particular de la historia, cerca de algunos pero irremediablemente aislado, se sitúa la figura de Tarkovsky. Su soledad fue el regalo que hizo a toda la humanidad.

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