La doble vida de Kieslowski.

hace 4 años en La silla del director por

Aunque al principio eran unas voces lejanas, el gentío era sentido por todos en la plaza salvo Weronika; mientras ella caminaba ajena al mundo, silenciosa, descubrí que en realidad cantaba su línea melódica para sus adentros. El color de las imágenes me recuerdan a otro tiempo que tal vez no conozca, veo como Weronika parece trascender de la escena; ella mira fijamente a un punto y de pronto se encuentra a sí misma en otra parte.

Puede ser pura pedantería, vanidad, pretenciosidad, o quizás sea simplemente una sucesión de imágenes que despiertan sensaciones y emociones. Sea como fuere, el estilo de Krzysztof Kieslowski es reconocible no sólo cuando uno se topa con una de sus obras, también en buena parte de ese cine de nuestros días que siempre parece tratar de darnos algo más a través de las imágenes.

El blancor reinante daba al que miraba una sensación de calma; sin embargo, el vaho que salía de la boca de aquellos que rondaban por la zona, mostraba lo afilado del frío en esas últimas noches de lo que fue Polonia, sus barrios y edificios cuadrados, inequívocamente iguales unos a otros, de aquellos años que cerrarían una época de la historia en el Este de Europa.

La decadencia se mezcla con las dulces notas de Zbigniew Preisner, con la ausencia de palabras, con los segundos pacientes y discretos que pasan sin hacer ruido por los rostros de cada personaje. Muchos se muestran cerca de Dios, signifique lo que signifique esa palabra, Dios en todo lo que concierne a la vida de las personas; otros muestran a otro Dios, lejos de la fe, aunque en el fondo todos se deben a otro ser que nada tiene que ver con la religión.

Y así Kieslowski habla de Dios sin hablar de él; de la fe y las ideas; la moral, la vida y la muerte. El ‘Decálogo’ se vale de la palabra escrita de Dios, los diez mandamientos católicos, para introducirnos en el ocaso del sistema comunista, no para darnos un discurso político ni religioso, simplemente para sugerir al espectador, para provocar un debate con uno mismo sobre la fragilidad del suelo que pisamos y la moral del mundo moderno.

En algún sitio irreal de un momento suspendido en el tiempo, un piano melancólico suena a través de los suaves movimientos de las marionetas, Veronique observa como un niño más y se siente cerca del silencio y el dolor representado. De pronto se aleja de la escena y un canto perdido en busca de una salida le muestra el camino a un sitio más lejano, donde las manos que dan vida a los muñecos, cobran sentido tras un halo onírico.

Siempre una nota discordante, una melodía solitaria en una escena profunda y viva. Kieslowski dejó su sello en la historia a través, en primera instancia, del ‘Decálogo’, que no olvidemos, fue una serie para la televisión polaca de la época; algo así como si un tipo como Buñuel pongamos por ejemplo, hubiera hecho una serie con total libertad artística en televisión española.

Pero fue en los últimos años de su obra, cuando el reconocimiento llegó a un talento oculto para la mayoría hasta entonces. Corrían los primeros años noventa, y el carácter episódico de la obra de Kieslowski, volvía a proporcionar una obra coral que pasaría a formar parte de la retina de tantos año tras año. ‘Tres Colores’, ‘Azul’, ‘Blanco’ y ‘Rojo’, representando la bandera francesa y más concretamente el lema de libertad, igualdad y fraternidad, todo ello sin olvidar que la idea parte del genial director polaco.

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Imperando el color azul desde el primer segundo, Kieslowski entregó la primera de sus tres, a la póster, películas. ‘Azul’, protagonizada por Juliette Binoche, trata el tema de la libertad, y como ésta, no tiene porque ser fácil o buena. El trabajo de dirección y fotografía es una delicia, consiguiendo una estética difícil de olvidar acompañada nuevamente por el talento del compositor Zbwigniew Preisner.

¿Cómo llegar a convivir con uno mismo despojado de todo? ¿De qué manera sentir la pérdida y el dolor como algo integrado en uno mismo? ¿Dónde buscar los motivos para seguir adelante? No son pequeñas estas cuestiones, que se pueden plantear cuando ves ‘Azul’. Personalmente, siempre la consideraré la mejor de las tres aunque para la mayoría ‘Rojo’ es la más redonda de todas.

Cuando dos personas se conocen sus respectivos caminos no pueden volver a ser los mismos; un giro inesperado, un accidente o simplemente la vida y sus casualidades, pueden hacer de cualquier día algo trascendental en la vida de una persona. ‘Rojo’ como cierre a una trilogía; la fraternidad o quizás solidaridad, engloba la trama a modo de gran final. Irene Jacob interpreta a Valentine, una joven estudiante en la que muchos podrán ver con seguridad destellos de lo que sería años después ‘Amelie’; por otra parte, tenemos a Auguste (Jean-Louis Trintignantun), anciano retirado y huraño, que lleva una vida solitaria con ciertas peculiaridades.

Por azar estas dos personas se conocen, dando lugar a una historia común, donde el talento del director alcanzó quizás sus más altas cotas en lo que a diálogos e interpretaciones se refiere, con el permiso de Binoche claro. Tras la trilogía, Kieslowski comenzó a trabajar en otra obra coral a partir de ‘La Divina Comedia’ de Dante Alighieri, pero la vida pasó para el genial director sin que pudiera siquiera terminar el guión sobre dicha obra.

Diez mandamientos, tres colores y una doble vida después, comprendí que Krzysztof Kieslowski me había abierto puertas que hasta entonces ni siquiera conocía. Cierto es que no he hablado de toda la obra del director, pero a los que estén interesados no dejéis pasar la oportunidad de pararos en títulos como ‘No Amarás’ y ‘No Matarás’, trabajos estrechamente vinculados con el decálogo, además de la omnipresente en este post ‘La doble vida de Verónica’, película personal y única donde la valía poética de las imágenes es una constante a lo largo de su minutaje. Kieslowski nos dejó en lo mejor, pero por suerte su particular estilo sigue vivo en muchos directores de hoy en día que pretenden ir un poco más allá.

 

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