Ghost in the Shell – Alma, a pesar de la máquina

hace 4 meses en Críticas, El despacho del Master por

Ghost in the Shell captura con sensibilidad todas aquellas cualidades fundamentales del anime japonés clásico, manteniendo el tempo –reposado y reflexivo, de ritmo distinto–, la composición visual –planos identificativos del género meticulosamente recreados–, la introspección –primerísimo primer plano a las emociones– y una especie de sobria contundencia a la hora de mostrar violencia, especialmente cuando es precedida de decisiones determinantes o contiene una carga emocional potente.

Hay en la manera en que los japoneses entienden el arte de la narración –especialmente a través del anime– una serie de elementos y un estilo tremendamente reconocibles que inyectan una personalidad única e inequívoca a sus historias, cuentos y leyendas. El amante de este tipo de animación percibiriá, sin duda alguna, la familiaridad visual y narrativa de una adaptación tremendamente respetuosa. El resto de los mortales –desconocedores de lo que significa ser un otaku– encontrarán una película que, sirviéndose de medios norteamericanos, tiene tal vez un toque diferente. Algo, sin duda, la hace distinta a cualquier otro título nacido de la ciencia ficción y el espectáculo visto en los últimos tiempos.

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¿Quién eres, Scarlett?

La acción, de incuestionable sofisticación, se resuelve con un enfoque limpio y directo, lejos de la sobreexplotación de traca y tiros a que se nos tiene acostumbrados. No existe esa impertinente insistencia en alargar los efectismos en un despliegue onanista de medios. Su director, Rupert Sanders (encumbrado, a mi parecer, gracias a este trabajazo), demuestra poseer no sólo un tremendo conocimiento del modo de narrar nipón –muy psicológico y contemplativo–, sino además el sutil criterio que permite a un director depositar el foco en lo verdaderamente importante, realzándolo con silencios imperceptibles, detalles instantáneos y una sobriedad que cohesiona y fortalece la trama con deliciosa armonía. Jamie Moss y William Wheeler hacen un buen trabajo de guión de adaptación, quirúrgico y selectivo.

Y, por supuesto, lo verdaderamente importante es el personaje. Scarlett Johansson pone todas sus contradicciones –su voz suave y rota, su temperamento tenso y calmado, su sensualidad delicada y poderosa– al servicio de un personaje enigmático a su pesar e inclinado a la contención emocional, con reflejos de moción cyborg pero sin la más mínima estridencia. A medida que se van depositando pequeñas piezas de información –tan relevantes como discretas– sobre el personaje, se va reforzando la idea de que el verdadero conflicto no es ya sólo identitario, sino existencial. Interesa conocer a este ser que, aún siendo sólo un cerebro en un paquete bonito, conquista desde el primer instante.

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Batou, compañero de Mayor, poniéndose moreno para el verano.

La forma humana, omnipresente en colosales hologramas publicitarios y carcasas muy bien escogidas, de superficie suave y perfecta, contrasta poéticamente con la incipiente falta de humanidad en un mundo que se rinde al utilitarismo tecnológico.

Rodeadas de una excesiva saturación de estímulos, las personas buscan el refugio silencioso de la soledad más remota, a la par que o bien se resisten a los implantes artificiales –evolucionar, lo llaman– o bien se entregan a ellos con despreocupado entusiasmo. Entre esas personas está Mayor, una agente para misiones especiales del equipo Sección 9 considerada prototipo del transhumanismo más puntero. Una obra de ingeniería mecánica con cerebro humano que constituye un paso más allá en la fusión perfecta de carne y metal, cableado y arterias, alma y máquina.

La penumbra y los fríos inundan exteriores e interiores y las referencias resultan evidentes. Si Ghost in the Shell fue alma máter de The Matrix, sin duda bebió primero del imaginario de los replicantes y la ciudad de Blade Runner. Pero lejos de establecer aquí un árbol genealógico del cyberpunk, sí cabe señalar algunas semejanzas en la forma y el fondo de aquellas dos, más allá de lo anecdótico.

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Trinity y Mayor son más de ventana que de puerta.

El superconflicto que nos planteaba el mundo de código verde y agentes trajeados diseñado por los Wachowski consistía en un yo versus el mundo. Tema clásico donde los haya. La realidad, el entorno aparantemente verdadero en el que el personaje protagonista –Neo– desarrollaba su vida era cuestionado y revelado como una gran mentira: la identidad del mundo era falsa, construida y artificial. Y si bien esto tenía repercusiones en su propia percepción del ego, sostenido por sus recuerdos y su circunstancia, no constituía tanto un dilema identitario per se sino un dilema de interrelación con la realidad y sus límites.

El universo planteado por Masamune Shirow, sin embargo, centra el problema en el plano introspectivo: no es el mundo el que debe ser cuestionado, sino la propia identidad. Lo que está en juego es la verosimilitud del ego de la protagonista –Mayor–, en un drama yo versus yo en el que no se cuestiona únicamente la falsedad de los recuerdos, sino que se plantea el trauma moral en sí mismo: no sólo qué ha debido pasar para que yo exista, sino hasta qué punto debo existir. Todo ello ligado a la delimitación de humanidad: hasta dónde y gracias a qué indicadores se es humano.

En cuanto a las polémicas ideológicas –¿exceso de tiempo libre, tal vez?– éstas se revelan absurdas cuando se comprueba que la película fusiona con elegancia y mesura la orientalidad original con la occidentalización requerida.

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La hija perdida de Amidala.

Si ya visualmente Ghost in the Shell es una maravilla, imagínala con un diseño de sonido único y una banda sonora sugerente y conmovedora, sin caer ni por un instante en la sobreutilización o el exceso de intención. Por supuesto, tras una música de tanto poder envolvente y con esa cualidad de escalar progresivamente, cual si invitase al avance constante, no podía estar sino Clint Mansell, creador de partituras tan hipnóticas y transcendentes como The Fountain o Requiem for a dream.

En conclusión, Ghost in the Shell es una conjunción de talentos de primera línea con un buen punto de partida y una meta clara, sin mayores pretensiones más que ser reflejo fiel, potente a varios niveles y atractivo de una obra que ya reúne tales requisitos.

El resultado es fantástico. Entretenida, sutil y bella.

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A los dibujantes del Ghost in the Shell original les quedó muy bien Scarlett.

El espectador que alguna vez fue devoto del anime saldrá de la sala con ansias de volver a él. Todo aquél que lleve su existencia con incógnitas en silencio y a solas, habrá conectado con la naturaleza truncada del personaje. Y todo aquél que sea mínimamente humano al menos disfrutará con el seductor envoltorio.

Y es que cuando la maquinaria –presupuesto millonario, medios técnicos, estrella mediática, CGI inmejorable– se pone al servicio del alma –guión genuino, narrativa abierta a la contemplación, foco en la verdadera clave de toda historia: el personaje– obtenemos como resultado una película completa, redonda y, sobre todo, humana.

Dolorosamente humana.

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