EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS – O DE LA CARA MÁS DURA

hace 3 años en Críticas por

Si en algo es prolífica la especie humana es en hornear canallas y bellacos, granujas de guante blanco o dedos encallecidos. Desde la vigésima regional de los herederos de la picaresca, pequeños Lázaros de Tormes (más amigos del fruto del esfuerzo ajeno que del trabajo propio), hasta la Liga Profesional: la carrera política, en la cual se aglutina lo mejor del tahúr, el vendedor de crecepelo y el timador de la estampita, con más poder y medios que ninguna mafia. Eso es lo que vamos a encontrar en  El Hombre de las Mil Caras.

¿Nos indigna, verdad? Ay, amigo lector, no sabemos nada.

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Aún no hemos entrado en lo más profundo de la corrupción, el pozo negro que fluye por debajo de todo poder. Ya se construya sobre ideas de revolución social o de desarrollo empresarial, los cimientos de toda sociedad se asientan en el lodo, un lodo que de vislumbrarlo nos haría perder la fe en todo, y por eso se debe mantener oculto.

Y ocurre que a veces, reptando y cavando túneles entre ese fétido marasmo de relatividad moral, malas acciones en nombre del bien común y trampas en pro de la estabilidad y el progreso, surge alguien o algo, crecido en ese pútrido pantano que, inmunizado a toda idea de conciencia, moral u honor, decide sacar provecho del poderoso Estado valiéndose de su mayor debilidad; el miedo a que las sensibles narices que moran en la superficie de la sociedad sean alcanzadas por el vaho de lo que fluye bajo sus pies, aunque sea por su propio bien.

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Esta es la historia de uno de esos alguien o algo, y no de uno cualquiera, sino de uno de los mejores de la democracia española, un hombre que hizo su profesión de facilitar al Estado el trasiego de la inmundicia por sus cloacas, un espía para su interés, un agente de sí mismo, a la par que un empresario de la venta de sucias soluciones. Un hombre peligroso y crecido en la oscuridad, Bane dixit, al que ni soñarías jugársela,… salvo si eres el arrogante Gobierno español de Felipe González, curtido en mil corruptelas. Y así empieza el pulso que condenó al felipismo: el Estado contra el monstruo que él mismo creó, Francisco Paesa, El Hombre de las Mil Caras. Y a cada cual más dura.

Alberto Rodríguez, director de La Isla Mínima, nos trae este caramelo que trata de lodo y sabe a buen cine, una de las historias más rocambolescas y paradigmáticas de la historia reciente del país, convertida en una solvente película que nos entretiene y hace pensar otra vez “¿en manos de qué hijueputas estamos?”, si bien adolece del defectillo que ya asomó mucho en La Isla: una trama demasiado lineal, relajada, como ver arder Roma desde el balcón mientras tocas la guitarra, en una historia que debió contarse con requiebros tremendos y en escalada continua, un poco Infiltrados y un poco Ocean’s Eleven.

Debo recordar poner una vela a Berlanga que nos estará mirando descojonado desde algún sitio, pensando que ojalá le hubiera tocado vivir una época que parece sacada de sus guiones, pero el caso es que poco a poco, con obras así, el cine español se sacude la cruz de cine malo que arrastra desde que renunció a contar historias con tópicos, a hacer del tópico la historia.

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Me dice mi santa madre que los actores españoles parecen actuar mejor cada vez, y mira razón no le sobra pero tampoco le falta. Eduard Fernández hace una de esas actuaciones en las que olvidas que tras la pantalla hay un actor, me ha emocionado más viéndole llevarse pasta calentita entre cigarrillos que cuando cayó en Rocroi, pidiendo que alguien contara lo que fuimos. Macho, ahora eres un as contando lo que somos, hasta tal punto que te comes al resto y no dejas ni las raspas. Tan sólo Jesús Camoes, haciendo de él mismo con traje de aviador, te da réplica, mientras que el pobre Carlos Santos, en el papel de Roldán, pasa casi sin querer y sufriendo, en un personaje que en vez de ser el granuja que mangó 1800 millones de pelas y huyó, parece más un nene orgulloso y arrepentido de haber hurgado en el monedero de su yaya, instrumento de una búsqueda, quizás necesaria, por parte del director de una cara humana en una peli sobre un ecosistema de reptiles.

No me gusta concluir llamando a ver una película, tengo la impresión de que falto a mi deber de crítico sanguinario y despiadado en mi trono de teclas, pero hay historias que merecen películas decentes, y El Hombre de las Mil Caras cuenta adecuadamente una de ellas. Tan sólo os llamaré a hacer una pequeña penitencia al salir de la sala; pensad que el equivalente de los 1800 millones de pesetas mangados por Roldán son menos de 11 millones de euros y provocaron una de las mayores persecuciones a nivel internacional de nuestra Historia. Sólo el caso de los ERE de Andalucía asciende a 791 millones de euros, y en vez de tratar de un espía que vive entre jets privados y paraísos fiscales empieza con un alto jerifalte de la Junta y su chófer que se gastaban dinero público en coca y putas, tanto dinero como “para asar una vaca” en palabras de la madre del jerifalte.

Si es que hasta para robar se están perdiendo la clase y las maneras.

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