El hijo de la máscara: el mejor método anticonceptivo

hace 3 años en Críticas, Revisitamos por

Soy un filántropo. Es la cualidad que mejor me define, y sólo entendiendo esto comprenderéis por qué escribo esta reseña: quiero ahorraros dolor.

Y no hablo de un dolor soportable, como golpearte el meñique del pie contra la cama o ver un capítulo de Águila Roja.
Me refiero a una tortura agónica, lenta y despiadada, donde el cerebro sólo puede pensar: ¿Cómo alguien puede albergar tanta maldad en su alma?

Preguntas así son las que quiero evitar que os hagáis al ver ese atentado cinematográfico llamado El hijo de la máscara.
Y puesto que esta es mi primera reseña, me he marcado dos retos (así soy):

1-Ser recordado como un héroe. Como un ser de luz que se sacrificó para que otros no tuvieran que hacerlo.
2-Elaborar una crítica sobre esta película sin utilizar en ningún momento la palabra “mierda”.

Y soy consciente de lo difícil que va a resultar conseguir lo segundo.

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Creo que el término “secuela” es el más apropiado para definir una película que, al acabar, sólo deja traumas irreversibles en quien la sufre.

La mejor manera de entender lo que significa este despropósito es imaginar un barco hundiéndose. Es un accidente caótico, donde nada se salva y sabes cómo acabará todo, pero recuerdas que una vez fue grande y los niños reían en la cubierta.
Si tuviera que destacar a algún actor que no diera la impresión de estar al borde de la sobredosis mientras trata de batir el record de número de muecas por minuto, sería el perro que encuentra la máscara al principio de la película. No descarto que también sea el director y guionista de la misma.

El título es lo único coherente dentro de esta violación al buen gusto. La trama se basa en un bebé que nace cuando la Máscara se acuesta con una mujer a la que a nadie le importa demasiado.
Pero esta vez la Máscara no es Jim Carrey, sino un tal Jamie Kennedy que, como todos sabemos, sólo ha protagonizado éxitos a raíz de esta obra maestra.

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Si esta historia estuviera ambientada en Esparta, bastaría con arrojar al crío por un barranco y ahorrarnos una hora y media de desconcierto. Pero por desgracia, eso es sólo el principio. A partir de aquí, todo se vuelve escalofriante: Bebés con colmillos afilados, perros bailando y una vergüenza ajena que persigue al espectador hasta encontrarle, por mucho que corra.En definitiva, habría sido más respetuoso llamar a la puerta de Jim Carrey, esperar a que saliera y escupirle entre los ojos que hacer esta segunda parte de La Máscara.

Si, a pesar de todo lo dicho, creéis que exagero y decidís verla, no volváis a mí para desahogaros o debatir sobre los límites de la moralidad. Mi trabajo está hecho. Me despido sabiendo que soy un poco mejor persona. Adiós.

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