Deadpool – un film presocrático de resonancia nihilista

hace 3 años en Críticas, El despacho del Master por

Toma título pretencioso 😉 Pero había que atraer de alguna manera al lector cultureta, ¿no? Te voy a ahorrar lectura: Deadpool es todo lo que ya has visto alguna vez, pero explotado hasta las trancas.

No es el primer personaje de corte superhéroe (ojo a la filigrana conceptual para evitar reproches tipo “¡técnicamente no es un superhéroe!”) que vemos contonearse por la pantalla con aires chulescos y una ironía tan incontrolada como sus ganas de repartir cera. Tampoco es la primera vez que tenemos a un personaje tipo antihéroe que permanece lo suficiente fiel a su estilo como para no perder el interés y a la vez se mantiene hábilmente dentro de los límites de lo moralmente aceptable, dejando entrever una chispa (una pequeñita, como de bengala para críos) de entereza y de bondad entre tanta amalgama de asesinatos, sangre y chistes sexuales.

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No debe ser fácil conseguir hacer equilibrio sobre esa delgada línea entre pasarte de mal gusto o cargarte a tu personaje con una buena dosis de tabaco de mascar al final (¡referencia al canto!), pero Deadpool lo consigue a la perfección. Su mayor proeza durante toda la película, sin duda alguna. Vale que es cierto que la zona de aceptación, ya no sólo de las asociaciones de padres meticulosos o de la crítica más ortodoxa, sino del público en general, hacia el humor negro, el gore desenfadado y las gamberradas ha ido creciendo a lo largo de los años, pero no deja de sorprenderme la eficacia con la que Deadpool satisface las ansias de los más casposos sin renunciar a ser visible para el resto de seres humanos, más formales y decentes que quienes disfrutamos con el casquerío y la desvergüenza.

No obstante, el ingrediente estrella de Deadpool no creo que sea ni la violencia explícita, ni el descaro de su protagonista ni, por supuesto, su guión (que no deja de ser el eternísimo refrito de siempre sin ningún interés propio).

Si vamos a hablar de un elemento que sea el que hace de Deadpool una película que puedo recomendar como un modo divertido y tronchante de invertir unas buenas dos horas de ocio, diría que se trata sin duda del metahumor. Así, tal cual. Metahumor. Aristóteles llamó “metafísica” a todos aquellos libros que no sabía muy bien dónde colocar. Yo igual, cuelo alguna referencia a la filosofía clásica descaradamente cuando no sé qué gafapastada decir sobre una película comercial de un héroe con máscara que me ha gustado, no sea que pase por frikéfilo conformista devoratebeos.

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Tonterías de relleno aparte, la constante y absolutamente no-censurada manera que tiene Deadpool de reírse de sí misma y del resto de cintas de su tipo (sin importar que la broma evidencie lo que ya todos sabemos: (spoiler alert) que estamos viendo una película) me parece la mejor y más divertida cualidad de Deadpool, comenzando por el mismísimo segundo uno del metraje hasta la ultimísima de las escenas (ya te imaginas cuál). Romper absolutamente con la ficción para introducir las que son sin duda las mejores coñas de todo el universo Marvel, llevando mucho más allá el concepto de comedia ya despuntado por Ant-Man (meh!) o Star-Lord (oish!) de evidenciar la cuarta pared, vale la pena cuando tu intención no es contar un drama elaborado sino describir a un personaje que vas a exprimir más adelante, en conjunción con otros superhéroes de la compañía y, presumimos, queriendo contar (entonces sí) historias minímamente serias sobre la destrucción del mundo y esas cosas.

Dicho en plan simple: esta película es una presentación sobradamente eficaz para marcar a fuego la personalidad y las características propias de un personaje que promete dar por saco (“culo” ha sido censurada por la redacción de la web) en futuras producciones Marvel. Y ello justifica absolutamente todas sus demás carencias, como la existencia de una buena trama, la de un buen villano, buenos personajes secundarios, un clímax que no fuese el estereotipo de siempre o alguna que otra inyección de auténtico drama que, en caso de funcionar, hubiera añadido al personaje una posibilidad, ligera al menos, de ser susceptible a la empatía personal del público. Eso ya hubiese sido perfecto.

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Y me refiero a empatizar de verdad, a la catársis aristotélica (¡hasta el fondo!), y no únicamente a responder a los sueños imposibles de legiones de nerds que aspiramos a ser galanes duros capaces de clavar espadas a diestro y siniestro. Durante el pase de Deadpool es posible que escuches más de dos y tres orgasmos platónicos (¡y va la tercera! ¡booom!) procedentes de “testículos sonrientes” que desde que salgan de la sala decidirán o bien usar traje y máscara por el resto de sus días, o bien reforzar su personalidad con buenas dosis de ironía y descaro que aumenten las posibilidades de resultar atractivo al género opuesto.

Y sí, había que terminar así: haciendo equilibrio sobre la línea que separa el “estoy siendo cruel y me estoy metiendo con la gente” y el “pero no he sido lo suficiente explícito como para poder ser imputado por titiritero deslenguado”. Ea, todos al cine.

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