Aprendiendo a Conducir – Cuando ya se ha puesto en verde

hace 4 años en Críticas por

La metáfora que nos presenta la vida como una permanente lección de conducir, invitándonos a tomar el volante, ajustar el retrovisor y posar las plantas en los pedales, para ser dueños de nuestro destino, superar los miedos que nos atan a la famosa zona de comfort, y lanzarnos a la carretera.

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Isabel Coixet realiza una comedia ligera y agradable sobre la capacidad de resiliencia desde dos claves contrarias, relacionadas ambas con las carencias afectivas que sólo el amor es capaz de provocar.

Los dos personajes protagonistas se enfrentan, cada cual en su asiento y partiendo de sus propias realidades, radicalmente distintas una de la otra, o bien a la ausencia del marido adúltero, o bien a la permanente presencia de la esposa desconocida, recién llegada al país y fruto de un matrimonio concertado. Mientras ella debe aprender a dejar marchar, él debe aprender a dejar entrar. En común tienen la incapacidad de respuesta debida a una situación de la vida que les está pidiendo cosas diversas. Frena, acelera, abróchate el cinturón. Despeja el asiento del copiloto, que vamos a recoger a alguien

Darwan, un indio sikh interpretado por un magnífico Ben Kingsley (que forja un personaje difícil de olvidar y por quien es complicado no sentir un tierno y natural afecto), es un taxista de Manhattan que, además, enseña a conducir en una autoescuela. La vida no le ha dejado otra opción profesional sin renunciar a su identidad religiosa, y así, Darwan acepta su condición vital con una profunda serenidad cercana al ascetismo que caracteriza, al menos desde el punto de vista occidental, a quienes comulgan con las religiones sapienciales del lejano Oriente.

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Wendy (Patricia Clarkson), una escritora versátil y dinámica, crítica literaria, americana de impulso, ironía y café para llevar, se resiste a aceptar que su marido la ha dejado por otra mujer, seguramente más joven y con más éxito profesional. Presionada por la necesidad de estar a la altura ante su hija universitaria, herida e incapaz de evitar agarrarse a un desesperado sentido de la esperanza, Wendy descubrirá que, al enfrentarse a sus clases de conducir, está en realidad recuperando el control de su propia vida, a pesar de ese entrenado fastidio ante la adversidad que caracteriza al occidental contemporáneo.

Aprendiendo a conducir es una película modesta, sencilla, alejada de la Coixet más trágica e introspectiva, que saca adelante esta historia como quien prepara, con mimo, un buen desayuno de beicon y huevo frito. Podría ser, perfectamente, una película más del repertorio de algún director de estudio, dada la ausencia de un estilo propio marcado, sustentado por una realización sencilla, eficiente y económica en base a un guión no pretencioso, limpio e inocente. Bueno, bonito y barato.

Película que se presta al disfrute y que, indudablemente, deja un agradable sabor de boca para, cualquier día entre semana, empezar la jornada con buen humor y energía.

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