Call me by your name – La naturaleza del amor

hace 9 meses en Críticas por

El viernes 26 de enero se estrena Call me by your name, el nuevo film del director italiano Luca Guadagnino, nominada a cuatro premios en la próxima edición de los Premios Oscar (entre ellas a Mejor Película). Un retrato íntimo sobre el amor, sus componentes, y, sobre todo, su naturaleza.

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La naturalidad, clave en esta obra

La película parte de una adaptación de la novela homónima de André Aciman, escrita para la pantalla por James Ivory (lo que le ha valido la nominación al Oscar), uno de los responsables de cintas como Lo que queda del día, Una habitación con vistas o Regreso a Howards End. Está protagonizada por Timothée Chalamet (nominado a Mejor Actor en los Oscars) como Elio, un chico de 17 años que pasa ciertas épocas del año en un pueblecito al norte de Italia con sus ilustrados padres, y Armie Hammer (quien no está siendo suficientemente valorado en el circuito de premios por este trabajo) como Oliver, un universitario que llega para ser el ayudante de verano del padre de Elio (un reputado arqueólogo especializado en la cultura grecolatina).

Call me by your name es un verano en la naturaleza, un extracto de tiempo conservado entre el calor (ése que va más allá de la estación del año sino que surge de dentro) y el frío de la nebulosa que cubre la incertidumbre. Y es que una se pone poética porque esta obra es, en definitiva, sensaciones, la magia de vivir un primer y potente amor con todo lo que ello conlleva: pasión, naturaleza, poder, cariño, placer, amistad, choques, miedos, perversión, descubrimientos… Una manera íntima y sensible de contar cómo el amor tiene mil formas, todas naturales y reales (lo que puede inducir a la catársis del espectador).

Elio y Oliver observan la belleza grecolatina

La naturaleza esconde muchas cosas

“La naturaleza” (y con ello la naturalidad) es el leitmotiv del film, tal como dice el padre de Elio, ésta “siempre encuentra la forma de hallar nuestro punto débil”. Y ahí está uno de los valores (si no el principal) de Call me by your name: sus recurrentes referencias a los insectos, a la maleza, a las frutas o al agua no son casuales. La naturaleza es así, parecen decirnos. Está fuera y dentro de nosotros, y siempre encuentra su camino para ser. La naturaleza no se dice, no se prodiga: la naturaleza se siente. Y Guadagnino hace ejemplo de ello a través de su película, que se cuenta sin palabras.

Con referencias coolturetas que enamorarán a unos, despistarán a otros y repelerán a otros tantos, la película se mueve entre las naturalistas estatuas de Praxíteles (“como si te incitaran a desearlas”, ¿alguien no se ha fijado en la belleza helenística de los protagonistas de la película?); reflexiones de Heideger sobre la verdadera cara de la gente (también a través de las ideas de un personaje secundario sobre la gente que lee mucho) junto a ideas aristotélicas sobre la metafísica; moralejas sobre el amor a través de un famoso cuento de Margarita de Angulema (“¿hablar o morir?”); regresiones al origen nada casual de una palabra como albaricoque (que viene de “precoz”, de nuevo algo relacionado con la naturaleza); y finalmente referencias a la cultura judía y la carga de los símbolos.

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Elio y Oliver, bellezas helenísticas

Luca Guadagnino es un autor que reivindica Italia como escenario de personajes que se encuentran algo fuera del agua en unas circunstancias manchadas de pasión, incertidumbre y secretismo, lo que le otorga un estilo de autor que es tanto reconocible como interesante. En Call me by your name lo ha conseguido gracias, entre otras cosas a su cadente ritmo, la intimidad en la relación de los protagonistas, sus preciosas interpretaciones alejadas de imposturas (bravo también por ese elenco de secundarios y por esos personajes tan vivos), su maravillosa fotografía que te transporta a la atmósfera de la película, y esa historia universal llena de detalles y metáforas.

Ésta es sin duda una cinta que trata con la naturalidad que representa (y en la que hace énfasis), la relación entre dos personas del mismo sexo. Dos personas que le dan una oportunidad a sus sentimientos, a sus deseos y al otro. Una película con personajes (no sólo los protagonistas) muy cargados, física y emocionalmente, y con grandes dosis de humanidad, belleza, carisma y naturalidad (y afortunadamente alejados de masculinidades tóxicas).

Oliver y Elio en bicicleta

La naturaleza, dentro y fuera

Y es por eso que el amargor final lo es por lo real del encorsetamiento más allá del paréntesis liberador del verano, por la vuelta a esa “realidad” que le pone nombre a todo para controlarlo. “Realidad” de la que muchos y muchas no se atreven a huir por puro miedo a las posibles represalias de gente corta de miras y “dueña de la verdad absoluta”, esa culpa impuesta por “la razón” de otros (esos que jamás tendrán algo algo tan real y puro o a lo mejor no se atreven a sentirlo).

Call me by your name consigue no ser un panfleto forzado, sino un discurso pacífico y sobre todo extremadamente íntimo de lo que a fin de cuentas no se puede controlar por mucho que haya quienes lo pretendan: el amor en una de sus tantas formas. Y eso es una victoria. Un cine que se siente, que habla sin decir, sin explicar y que, sobre todo, le pone cara a una masculinidad serena, tranquila, sensible y que debiera prodigarse más.

La última y cuarta nominación a los Oscars que queda por nombrar en este texto es a Mejor Canción Original, por el tema ‘The Mystery of Love’, de Sufjan Stevens (carne de cancioncita indie chill out, que consigue abstraerte y llevarte a esa atmósfera de la cinta).

 

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