Apocalypse Kong: La Isla Calavera

hace 4 meses en Críticas por

El mayor de la dinastía de monos protagoniza Kong: La Isla Calavera, en una aventura que ha costado la friolera de 185 millones de dólares. Todo para revivir a un mito de los años 30 en una película de impresionante factura técnica que visualmente hace justicia, como no podía der de otra manera, a lo invertido.

Pero que quede claro: este Kong –que desde luego debe ser pariente del gorilón de King Kong (2005)– no es el mismo de entonces. Es mucho más grande.

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La bañera se quedó pequeña.

Estamos unos 40 años después, en una América aún de resaca post-vietnamita. Todo evoca a unos cercanos años ochenta –que la nostalgia está trayendo nuevamente al celuloide y la televisión, si es que alguna vez se fue–. La historia es la ya mil y una veces contada –conocida incluso por las nuevas generaciones más alejadas del original– y ha bebido directamente de la versión de Peter Jackson. Es un poco lo de siempre: un grupo de exploradores descubre una isla (más bien todo un archipiélago) en la que criaturas de un tiempo remoto conviven y entre las que destaca la más poderosa de todas ellas: Kong, el defensor de la isla y sus habitantes, una suerte de guardián que custodia un hábitat perdido en la memoria de los hombres. Cierto es que este Kong es una versión que puede igualar en tamaño a la otra criatura de la serie B por antonomasia, Godzilla (adivinen contra quién se enfrentará próximamente…).

La película empieza de manera fantástica, la fotografía es preciosista y tanto las tonalidades como los planos demuestran imaginación y saber hacer en el uso de la cámara. Mención especial va para el comienzo de la expedición y su primer encuentro con Kong. El arte visual de toda la película es sin duda el mayor atractivo de la misma, la paleta de colores es magnífica, el diseño de las criaturas es sobresaliente y los paisajes dejan sin aliento, siendo el conjunto una grata sorpresa para lo que prometía estar destinado a ser un blockbuster más salido de la máquina de clonar hollywoodiense. Todo el estilo de la película bebe de grandes clásicos, pueden apreciarse referencias a Apocalypse Now, Jurassic Park y reminiscencias a clásicos literarios como La Isla del Tesoro.

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Si cazas uno de estos tienes para comer y para alimentar el fuego.

Además, el uso del CGI está cercano a la perfección, aunque esto no resulta novedad en los tiempos que corren y manejando un presupuesto desorbitado; si bien es verdad que en anteriores ocasiones presupuestos similares han dado lugar a auténticas aberraciones. El ritmo de la película no decae en ningún momento: buen hacer en la sala de montaje. He de decir que nunca aburre y la combinación de estilos resulta estimulante, moviéndose entre la aventura, la supervivencia-horror (recuerdos fugaces a Predator) y el puro cine de acción entre bestias salidas del género Kaiju. Una mezcla de distintos estilos que conviven a la perfección en esta cinta. En cuanto a momentos ridículos, mención especial a una escena concreta en slow motion que saca los colores a cualquiera, pero en general la mezcla funciona y el coctel tiene un sabor más que satisfactorio.

Su director Jordan Charles Vogt-Roberts maneja con mano firme las escenas y queda demostrado su buen saber hacer. Resulta sorprendente viniendo de un director prácticamente novel y que debe la mayor parte de su experiencia en el sector audiovisual a sus labores como guionista para Comedy Central. Su segunda película –ésta– le hace alguien a quien seguir de cerca.

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De esto que cae la neblina –la “panza de burro” en Canarias– y se te fastidia el día de playa.

Hasta aquí las buenas noticias, puesto que ahora paso a hablar de lo que en realidad hace a una película algo más que un espectáculo palomitero: el guión y los personajes, y de ambas cosas no vamos sobrados. Los personajes caminan entre la incertidumbre de la trama y la falta de profundidad en la construcción de sus motivaciones.

El personaje de Brie Larsson acaba siendo simplemente una mera comparsa en la historia y resulta aún más sangrante el caso de Tom Hiddelston, cuyo personaje parece estar siempre pasado por allí, pero sin mucho que decir. En ambos casos esto queda reflejado en los actores que aún sin desentonar tampoco dan todo lo que pueden. Al menos los personajes secundarios aportan presencia al conjunto y dejan buen sabor de boca, empezando con Samuel L. Jackson que aporta experiencia y carácter a un personaje que, al menos, tiene una cierta historia detrás o un John Goodman que convence  en los pocos momentos en los que puede brillar.

Eso sí, el auténtico roba escenas de la película es el interpretado por John C. Reilly que empieza siendo el recurso cómico, pero que rebosa personalidad y acaba convirtiéndose en lo mejor de la función. De hecho se habla ya de un spin off de su personaje.

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Piensa en una banda sonora. Exacto.

El resultado final: una aventura de acción altamente disfrutable, con muy buenas ideas en lo visual y que en conjunto funciona sobradamente pero que, desgraciadamente, y aún con todas las bondades del resto de su planteamiento, se queda en un lo que pudo haber sido y no fue. Culpa –como viene siendo habitual en este tipo de superproducciones– del guión, que sin ser ridículo, como en otras películas de corte similar, sí peca de simplista y de confuso en cuanto a sus intenciones y no acierta en crear unos personajes con los que puedas sentirte identificado y emocionalmente conectado.

Se quedó cerca, pero al final Kong seguirá sin ser el rey por el momento.

 

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