Amélie – la imagen de la plenitud del ser humano

hace 3 años en Minutos de cine por

“Amelie tiene de repente la extraña sensación de estar en armonía consigo misma. En ese instante todo es perfecto: La suavidad de la luz, el ligero perfume del aire, el pausado rumor de la ciudad… Inspira profundamente y la vida ahora le parece tan sencilla y transparente, que un arrebato de amor, parecido a un deseo de ayudar a toda la humanidad la invade de golpe”

Esta es una de las potentes escenas de ‘Amélie’ que, en minuto y medio, consigue dar un giro de 360º a la forma de ver la vida del espectador o, al menos, de su estado de ánimo en ese momento, que la cabeza del que está frente a la pantalla se llene de preguntas y sensaciones. Amélie (Audrey Tatou) consigue ser la imagen de la plenitud del ser humano. El espectador, al ver esta escena se pregunta qué pasará por la mente inquieta de esta joven menuda y con un ligero toque de locura. La sensación que el director (Jean-Pierre Jaunet) quiere trasmitir se capta, sin duda, aun sin ser necesario comprender racionalmente la escena.

¿No es la esencia de esta escena lo que perseguimos todos? ¿No percibís esas ganas de vivir la vida plenamente que nos trasmite la forma de andar de la protagonista? ¿No sentís que si cerráis los ojos brevemente casi podéis sentir el viento suave de París en la cara, y la tenue mezcla de olores de esta mágica ciudad?

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La manera en la cual se juega con la velocidad de la cámara brinda una sensación de inmersión al espectador, consiguiendo que una oleada de esperanza e ilusión le invada sin entender muy bien por qué. Justo aquí es donde se encuentra el arte de esta escena: (consigue hacer llegar un millón de sensaciones que no logra comprender, pero, inexorablemente, están.??)

Esta escena es la escena de las pequeñas cosas, los pequeños placeres. Momentos que son bellos en sí mismos pero que pasan desapercibidos ante los ojos inmersos en la rutina. Solo cuando nos sentimos como Amélie, observamos y disfrutamos aquellos detalles que nos ofrece la vida que tanto hemos ignorado.

Amélie se siente plena, feliz, tranquila, en paz.

Siente una necesidad impetuosa de compartirlo con la humanidad. Algo tan grande no puede ser exclusivamente para ella. Entonces, al encontrarse con el hombre ciego, la escena cambia de plano, cambia de ritmo, todo avanza deprisa, Amélie casi no puede aguantar las ganas de expresar su felicidad, y trasmite al ciego todo lo que ve para regalarle lo que más anhela. La mirada de la joven no es una mirada común. Capta con gran intensidad los colores, ve más allá de lo aparente. El ciego, escucha a Amélie maravillado imaginando los colores, comprendiendo los sonidos que le abrazan a su alrededor, siendo rutinariamente ajenos y extraños. Se ve sobrecargado por tanta belleza, tantas sensaciones, por sentir que puede volver a ver otra vez, no con los ojos sino con el alma. Gracias a Amélie.

Jean-Pierre Jaunet consigue que todos nos sintamos como el ciego. Recomiendo ver esta escena una vez con los ojos abiertos y después, una vez con los ojos cerrados. Así, y solo así, comprenderemos verdaderamente la profundidad del mensaje que se nos quiere transmitir.

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